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Cuento: El escandaloso castigo de Feme a la cotillera Abby o cuántas bocas puedo abrirte hasta que empieces a callar


EL ESCANDALOSO CASTIGO DE FEME A LA COTILLERA ABBY O CUÁNTAS BOCAS PUEDO ABRIRTE HASTA QUE EMPIECES A CALLAR


Por: Roberto Chu



¿Cuántas bocas debo abrirte para que te agotes de palabras, para que dejes de masticar el apellido de mi familia y lo escupas sin dientes? Llevo siglos oyendo el mismo chisme con distintos trajes, he visto coronas rodar y pan secarse en las manos del pueblo, vi a María Antonieta aprender el peso de un rumor (en forma de pastel) cuando su cuello se volvió retribución y la plaza decidió su hora, y aun así vuelven ustedes con su: «no exageres», «era un decir», «son solo rumores, Henrietta Bowers» y yo cierro otra boca en tu rostro con saliva de paciencia vieja, porque he vivido lo suficiente para saber que el veneno no cambia de frasco. Un relincho contenido en la garganta sigue siendo un relincho. Pero sigues preguntando otra vez: 

         —¿Qué bebes?

        —No es Coca

        —¿Alcohol?

     Y pienso tu boca

   en lagos sellados

  por hielo donde peces

 se apiñan en puertas

de plata buscando aire.

 Y sin levantar la voz te digo:

  —Deja de hablar mal de mi familia.

   —Deja de hablar mal de mi familia.

    —¡Deja de hablar mal de mi familia!

     —Mi hermano es solo un niño.

      —Mi deseo sexual no es un expediente.

       —Mi gusto no es un delito.

        —sí, soy homosexual— y cada afirmación clava un alfiler en tu cerebrito, porque la memoria también sangra, porque he visto demasiadas verdades arrancadas por diversión y demasiadas tazas de té enfriarse en tanto la historia hace inventario, así que seguiré abriendo bocas hasta que la tuya aprenda el silencio, no por miedo a tus relinchos, sino por cansancio. Y en tanto el día cambia de color, el hielo cede, y el universo insiste en encerrarme a mí, la diosa de los rumores y la fama, en cuerpos de seda, aun cuando los tuyos vuelven a hablar de lo mismos con otra máscara, ¡con otra boca...!, yo te pregunto:

¿Cuántas necesitas abiertas para que empieces a callar?

 

***

 

Cuando Abby estaba en clase de inglés y levantó la mano para leer con su peculiar tono aflautado, otra voz habló primero, suya, pero no nacida de la boca bajo la nariz y sobre el mentón. No. Esta voz era una desplazada, lateral (desde el hombro izquierdo), que dijo con una claridad indecente:

—Copié en el último examen; fue fácil, pues, la gorda infiel de la profesora estaba distraída hablando con su boyfriend.

A partir de ahí algo se quebró en el aula. No hubo risas ni respuestas al principio, salvo por un rumor bajo, el sonido de las sillas moviéndose y los cuadernos cerrándose entre miradas de «no puedo creer lo que dijiste» y «¿cómo se te ocurre?, ¡¿frente a ella?!».

—¿Qué dijiste, mocosa? —la profesora giró el cuerpo con la mandíbula dura y el cuello tenso.

Abby abrió la boca para negarlo, pero otra voz, la misma (y al mismo tiempo distinta), salió antes desde otra parte de su cuerpo:

—He estado copiando con los pendejitos estos desde mi celular por más de tres exámenes seguidos.

Ahí sí algunos rieron nerviosos y otros dejaron de sonreír: de soslayo, Marcos miró al piso; Laura clavó la vista en la pared; el delegado quedó rojo hasta las orejas.

—¡No fui yo, profesora Gertrude, lo juro...!—dijo Abby, negándolo todo.

Pero su voz seguía, impertérrita, sin permiso:

—Marcos guarda respuestas en la tapa del estuche.

—Laura borra nombres del registro digital.

—El delegado vende tareas los jueves.

—Nina llora en el baño durante el recreo.

Las risas se agotaron y solo quedó el enojo puro: bancas golpeadas, alguien diciendo basta, otro gritando cállate perra. Abby no sabía qué pasaba; sintió el pulso en la garganta y dijo:

—No fui yo, lo juro.

—Como el esposo sordo, ciego y cornudo de la perra esta—su otra voz interrumpió de nuevo con malicia. Y, esta vez, la profesora sí escupió la palabra entera:

—Eres una mocosa de mierda.

Al sentir pánico por la vergonzosa situación, la piel de Abby comenzó a abrirse en bordes de labios rojos (como si un cirujano perverso y salvaje le hubiera hecho eso a propósito con el corte sucio de un escalpelo): aparecieron, primero, en sus mejillas. Hediondos. Gangrenosos. Luego otra en la mano derecha, y otra más en el costado; las fisuras se habían vuelto bocas. Cada una con sus respectivos dientes con caries y lenguas ensalivadas que comenzaron a hablar al mismo tiempo:

              — Delly llega tarde

            porque el señor otoño la contrata

         por horas y le quedan hojas en el pelo.

      Perry cambia de opinión como ventana

   encendida, apagada, encendida, apagada

  y nadie sabe si es señal del insomnio

 o esquizofrenia por los golpetazos

 de su madre.

 La mamá de Marcos habla de economía,

  pero paga con monedas tibias

   y tasa inventada.

    La profe sonríe, mírenla,

     es corderita con bufanda de lana

      y jura fidelidad a la noche

       y se alquila el crepús-culo.

        El primo de Berry canta

         himnos matusalénicos

          y se equivoca de estrofa

           porque la memoria

            se le fue de sabático.

             El papá de Venecia

              pide prestado al banco

               y encima lo devuelve

                mal doblado.

                 Y yo hablo así,

                  punzante como clavel,

                   porque no me alimentaron

                    con caricias desde niña

                     y cuando hablo a veces corto,

                      pero quiero besar

                       y dejar huella

                        aunque apague la ventana

                         y finja que

                          no

                           fui

                            yo.

La profesora no veía las bocas: solo escuchaba el efecto y el daño, el mismo que entregó a Abby al miedo:

—¡No soy yo, lo juro, no soy así!—el grito desordenado hizo retroceder al salón entero. La chica se levantó con las manos en la cabeza y salió disparada del aula, empujando la puerta. Y detrás, la profesora gritaba su nombre:

—¡Abby! ¡Abby, vuelve ahora mismo!

Dos de sus amigas, Verónica y Luciana, corrieron tras ella, llamándola también; dejaron el aula atrás, llena de rabia, de secretos sueltos y de una boca que ya no sabía cerrarse.

 

—¡Abby! ¡Abbycita!—las jóvenes lograron alcanzarla al final del pasillo, junto a las taquillas. Abby se dejó caer contra ellas:

—Chicas, Dios mío, chicas. Hay bocas, hay bocas en mi piel y esas horribles lenguas. ¿Acaso no pueden verlas? Miren, miren. Díganme que no estoy loca que no soy la única que las ve por favor Verónica dímelo. Luciana. ¡Ayúdenme! Hagan que pare, por favor—las abrazó con una urgencia de cordura en peligro.

—Tranquila Abby, mírame —dijo Verónica—. Respira conmigo. Debe ser por lo de hace unos días. Ya pasó. Él no puede acercarse más.

—No estás sola —añadió Luciana—. Eso ya ha pasado. Ya ha terminado. Te lo prometo. Estamos aquí para ti.

Sus amigas la rodearon con brazos apretados y respiraciones cruzadas, repitiendo:

—Todo estará bien. Todo está bien.

¿Lo estaba?

Fue entonces cuando Abby vio la piel de sus amigas abrirse en hendiduras mínimas; dientes nocturnos que brotaron de antebrazos, cuellos y clavículas. Bocas. Agujeros que expulsaban solo la voz atiplada de Hills, con la misma dicción, con el mismo temblor carente de pausas:

—Verónica se droga antes de matemáticas.

—Luciana roba jarabe para la tos del botiquín de su tía.

—Verónica se escapa de casa.

—Luciana falta a clase para besarse con Rob.

Las tres se separaron de tajo: escuchaban las voces, claras, cercanas. Muy cercanas. Intrusas...

—Cállate —dijeron casi al mismo tiempo.

...Hostigantes.

—Te escuchamos fuerte, cállate.

...Despreciables.

Abby negó con la cabeza y manos temblantes.

—No puedo detenerlas— dijo, y en ese momento el rumor creció; ya no eran solo nombres cercanos:

—Mateo vende tareas—. —Camila copia con fotos—. —Diego roba celulares—. —Irene falta los lunes—.

El dolor les subió a las sienes, una presión violenta; Verónica se llevó las manos a la cabeza, Luciana apretó los dientes.

—¡Para! —suplicaron —. ¡Basta, Abby! —como no parecía detenerse, la agarraron, le taparon la boca con las manos, la sujetaron por los brazos y la sacudieron; empezaron a golpearla para que parara, no por rabia... Claro que no. decían quererla hace unos segundos, no fue por rabia, pues, a pesar de todo, la amaban... solo la golpearon para buscar alivio, porque les dolía la cabeza y el ruido no tenía fin. Abby las empujó con fuerza, las hizo tropezar, y en su caída, la tela de su blusa se rasgó, pero logró soltarse y salió corriendo; ellas se reincorporaron y la siguieron, rogando que parara, llamándola.

Justo en ese desorden, el grito de Abby sonó por el megáfono de la escuela, amplificada, sin tapujos:

—¡Me llamo Abby Hills y le he robado a mi madre más veces que los dedos de mis manos y de mis pies.

Abby giró hacia la dirección de la oficina del director —en el tercer piso, cuarto 301—. Subió las escaleras de dos en dos para apagar el megáfono, con las amigas siguiéndola; y, a cada tramo, los salones se abrían: puertas empujadas desde dentro, alumnos saliendo con bocas de Abby abiertas en la piel, en la mejilla, en el hombro, en la frente, siguiéndola y pidiéndole que parara, que cerrara la boca. Profesores y profesoras se sumaron al pasillo. Uno de ellos, Henry, bien parecido, relativamente joven, salió disparado del salón 203. Gritó:

—No lo digas, no lo digas, Abby. ¡No te atrevas!

El cortejo creció, pasos desordenados, voces superpuestas. Todos avanzaban detrás de Abby pidiéndole, con su voz, que se detuviera.

—El director fue arrestado la semana pasada por un intento de violación.

Los rumores se tornaron más escandalosos y, con deficiencia de filtro y cuidado, se perló el pasillo de cotilleos:

—Verónica abortó la semana pasada.

—La profesora Charlotte abandonó a su hijo recién nacido.

Abby ya estaba en el tercer piso, cerca de la puerta del director, el picaporte frío en la mano, y los rumores seguían empujando desde atrás:

—Abby le quitó el novio a Luciana.

—Abby ha hablado mal del hermano con síndrome de Down de Henrietta.

—Abby ha hablado mal del padre de Henrietta.

—Abby ha hablado mal de Henrietta.

Abrió la puerta de un empujón, entró y la cerró; arrastró un mueble para trabarla desde dentro. El ruido crecía del otro lado...

—¡Abby Hills fue obligada a tener relaciones con el profesor Henry! — entre las voces, se coló dicha frase que desarticuló la percepción del tiempo de Abby... se dejó caer al piso. Lloró. Se dobló sobre sí misma y empezó a disculparse, una y otra y otra vez:

—Lo siento, lo siento… nunca quise decir todas esas cosas. Ya paren, por favor. No sé qué quieren de mí—paseo la mirada por la oficina—. ¡¿Quién está ahí?!— gritó hacia el asiento del director, que estaba en reverso. Vio el cable del micrófono, estirado desde el escritorio, conectando la oficina con todos los megáfonos de la escuela, y siguió el cable hasta la silla.

—Ya para—dijo, y al girarla no había nadie.

—Abby Hills ha sido una perra con Henrietta Bowers.

Afuera, los golpes sacudían la puerta.

—Cállate. Cierra la boca—decía—. ¡Apártense!

Pero la turba no le dio tregua. Abby volvió a llorar:

—Lo siento… lo siento… discúlpenme. Yo no quería. No quería—cerró los ojos.

Cuando los abrió, dejó de escuchar. El ruido había cesado. Movió el mueble, abrió la puerta y vio a todo su salón caminando con tranquilidad; en una esquina, el profesor Henry hablaba con una alumna echada contra pared; algunos estudiantes pasaban sin poner mirada en ellos.

Abby se tranquilizó; se sentía segura. Caminó por el pasillo, ahí donde sus amigas reían. Mirándola. Llamándola. La querían solo para ellas... Pero en el camino vio a Henrietta Bowers con su hermano, lo llevaba de la mano, entonces, Abby lo recordó. Olvídalo. Dudó al principio. Déjalo. Tenía a sus amigas de vuelta. Le bastaba eso. ¿No es así? Abby se acercó con las palabras aún resonando en su cabeza:

«Abby Hills ha sido una perra con Henrietta»

—Esa maldita— murmuró y dio un paso en su última oportunidad—. Oye, oye… ¿qué hiciste? Fuiste tú, ¿verdad? ¿Qué fue? ¿Alguna droga? Maldita drogadicta.

Henrietta se giró; Abby levantó el brazo, intentó meterle una bofetada. Bastó una sonrisa de oreja a oreja de Bowers para detenerla.

—Vamos, Charlie. Vamos a casita— dijo Henrietta, y siguió caminando.

En ese instante, una voz se escuchó, plana, definitiva, atravesando el aire:

—Toda la escuela de Ridgeview ha descuartizado a Abby Hills.

La cotillera sintió su cuerpo volverse viento, ondas, palabras sin linealidad que se deshilaban poco a poco desde su cuerpo... Giró la cabeza y vio a sus amigas, Verónica y Luciana, con lágrimas de congoja cayendo desde los ojos. ¡Y esas ropas ensangrentadas!; como en el profesor Henry: con la camisa manchada, quieto entre los demás. Porque algo había cambiado. Ella lo sabía. Lo escuchó... desde lo que quedaba de cabeza:

—¿Cuántas bocas tuve que abrirte hasta que callaras?

Abby se tiró al piso. Su humanidad se rendía al viento. A las murmullos. Lloró. Intentó recomponerse, pero otra frase ya estaba en circulación...

—¡Abby Hills copió en el examen de...—y todo su ser fue inhalado y exhalado por la boca de la chica que arrojó la frase al pasillo—... matemáticas! —. La oración llegó a su punto y Abby se deshizo más y más. Fragmentada. Rota por el sonido. Descuartizada en músculos y piel lanzados al aire en forma de espiral mientras el dolor se hacía uno con su existencia nerviosa.                    

—¡Abby Hills es una perra! — desde el primer piso y sus alrededores.

Sus órganos empezaron a dividirse. una parte quedó suspendida en el pasillo, otra se estiró hacia el estacionamiento, otra hacia el baño. Venas, piel, intestinos, todo extendido, alargándose, repartido, y las voces seguían apareciendo en distintos puntos de la escuela.

—¿Cuántas bocas se han necesitado para callar a Abby Hills, hermanito? —sonó desde la salida trasera de la secundaria.

Ni respirar ni gritar le fueron opción; mientras más lejos se desplazaban los habladores más se estiraban sus cuerdas vocales, tensadas entre paredes, puertas, baldosas... Hasta que, desde el otro lado de la escuela, sonó la voz del hermano de Henrietta:

—¿Quién es Abby Hills? ¿Por qué hablan mal de Abby Hills? — preguntó con inocencia.

Y varios gritos respondieron desde toda la periferia del edificio, multiplicado:

 

                        Abby hills es una

                Abby hills es una Abby hills es una

     Abby hills es una Abby hills es una Abby hills es una

     Abby hills es una Abby hills es una Abby hills es una Abby    

Abby hills es una Abby hills es una Abby hills es una Abby hills  

Abby hills es una Abby hills es una Abby hills es una Abby es una

Abby Hills es una Abby Hills es una Abby Hills es una

     Abby hills es una Abby hills es una Abby hills es una

           Abby hills es una Abby es una Abby hills es una

                       Abby hills es una

                       Abby hills es una

               Abby hills es una Abby

             Abby hills es una Abby hills

          Abby hills es una Abby hills es A

             Abby hills es una Abby hills   Abby

                Abby hills es una Abby hills    bby

                   Abby hills es una Abby          y Hills

               Abby hills es una Abby                Hills

            Abby hills es una Abby                      ills

               Abby hills es una                             lls

                  Abby hills es una                            ls

               Abby hills es una                               es

            Abby hills es una                                   es

         Abby hills es una                            

      Abby hills es una        a                            

   Abby hills es una                                             

            Abby hills                                                

              Abby      a       a

                Hills

                 Es una

                  p

                  e

                          r

                          r

                          a

                           .

Y ahora en todos lados puedes encontrar a Abby Hills: en las aulas, en los baños, en el estacionamiento, en la garganta de otros. Como un rumor que se niega a morir. Pero al final del día... Ya sabes:

 

 

 

 

 

Son solo rumores, Abby Hills.

 

 

 

 

 

 

El fin









 
 
 

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