Cuento seleccionado para la edición #13 de la revista cuentartes: Versión original
- Sinapsis En llamas
- 2 jun
- 10 min de lectura

THELXINOË
Sobre el alféizar de mi ventana, una avecita cayó como un invitado del socorro: una posante paseriforme(1) luscinia megarhynchos(2) de peso mínimo había entrado a mi cuarto. Fue ahí cuando le ordené: «vögelchen(3), vögelchen… quédate conmigo. No huyas a los lugares donde las almas se cuelgan como murciélagos en armarios de oficinas. Haz de tu calma mi puente y de tus alitas, abrazo de consuelo. Que tu azul no sea mentira y que tu noche me devuelva el amor de madre y padre. Haz que me den un poco de ternura, que por fin mi lengua sea ese extravío de consuelo que va más allá de toda espera». Y el ave, con pupilas más tolerantes que cualquier ser humano no metafórico, me hizo caso; se quedó sin mover las alas. Le hablé, porque desde ese momento bastaría con hablar para ser princesa: «Ruiseñor del socorro, ¡has hecho eterna tu libertad conmigo!».
...
¡Ush! No avecita, no... mierdecilla. ¿¡Acaso te vi mover tus alas un poquito!?
1.Ave cantora. 2.Ruiseñor. 3. Avecita.
***
Mi nombre es Prinzessin Meinwortistgesetz. Niña de quince años, rata de biblioteca y ¡sirenita! que no quería que sus padres se separaran y entonces, como si las relaciones adultas fueran una atadura en los zapatos, los obligó a quererse, a no insultarse, a no usarme a mí como el pegamentito de sus corazones.
Les arranqué las palabras del rencorcito de la boca: ese maldito clavito oxidado que ya les había abierto abismos en las encías. Se lo desclavé y los miré callar mientras yo hablaba. ¡Los miré callar con esa mueca de obediencia mal disimulada que yo aprendí a leer desde niña!: la mandíbula floja, las manos demasiado ocupadas en el trabajo, las miradas clavadas en el piso para no verse reflejados en mí.
Esa mañana, salí de casa; desde ese pequeño barrio alemán de Rothenburg ob der Taube hacía la gran urbe. Me asomé a las calles estrechas, a las sosas tierras industriales, con la certeza absurda de que podía hacer lo mismo por los demás. Por los niños, ¡mis queridísimos amigos! ¡Por todas las sangres! Y hallé el mundo tibio con olor a ropa húmeda que no seca. ¡Y ni hablar del aire!, überfüllt(1) de los restos sonoros de mis palabritas que parecían seguirme a pesar de que cerré bien las ventanas de mi hogar.
1.Lleno
Y de esa manera, fui de casa en casa, tocando die türen(1) que tenían la pintura maltrecha y cerraduras torcidas (igual que dientes que nunca se ortodoncizaron). Al principio era fácil: entrar, mirarlos a los ojos, decirles que se sentaran juntitos, que dejaran de morderse con frases y miradas. Me obedecían, pues mi palabra era ley, obedecían con esa rapidez de quien quiere evitar el escándalo, me escuchaban como si mis palabras fueran un ejército armado de mil hombres a punto de gobernarlos: palabras que traen una regla nueva ¡como Moisés los mandamientos!... Sí, ¡verdammte scheiße!(2). ¡Sí! Pero pronto me di cuenta de que el problema no vivía solo entre las paredes de su credo personal, ni en el partido político que había reemplazado sus cerebros y servido de talameras para sus corazones.
1.Puertas 2. Por todos los diablos
¡No!
Había padres que no estaban para escuchar, que no podían estar, que dejaban la mesa vacía para ir a perseguir monedas en oficinas y en calles llenas de neurosis modernita. Las casas eran frías por culpa del tiempo robado, por culpa de la ausencia acumulada en las esquinas de las habitaciones; ya saben polvito que nadie limpia. Y detrás de cada silla vacía había algo más grande que una discusión: un sistema que les enseñó a contar billetes antes que cuentos a sus hijos, a otorgar horas extras en vez de abrazos. Vi que no era falta de amor, más bien de minutos, porque las Alicias y los Principitos no alcanzan cuando el reloj está hipotecado. Y supe ahí que mi pequeña orden de «callen y quédense» era inútil frente a la maquinaria, a la «überbau(2)» que les exprimía la paciencia.
2.superestructura.
Fui a la alcaldía con las manos todavía llenas del polvito de las puertas que había cerrado esa mañana. El edificio, con aire de fensterlosen Raum(3), respiraba con dificultad por culpa de las lamparitas que olían a Scheiße(4) y humo. Los hombres de azul se alineaban entre la rutina y el desgano. Y así, los deshice. Les arranqué la rigidez del uniforme, les quité las llaves y les puse en las manos la tarea exacta: capturar a cada criminal que lumpemproletariaba(5) en las calles, a cada negociante y consumidor de drogas, a cada mercader de armas que hacía negocio con la carne y el miedo. No dije que pidieran permiso. No medí el vocabularito. Ordené y se fueron. Las botas volvieron las calles en un latido acelerado... «taca, taca, taca, ¡taquita!»
3. Cuartos de ventanas abiertas. 4. mierda 5. verbo inventado, hacer lo que sea que los lúmpenes hagan.
Me adentré al templo burocrático. Subí las escaleras sin entretenerme con los retratos kitsch de sonrisitas barnizadas.
Entré a los despachos donde la autoridad se anidaba en sillones. Les hablé. Tenía poco de política y todo de instinto; mi palabra conjugada con la justicia en mis cuerdas vocales: tinta a punto de la escritura que no ofrecía reglas de ortografía, que no peticionaba: «todo se ará con hamor. Hamor en reparto de oras y pam, hamor que quita ambre de manoz y de istorias, hamor que devuelve la precencia de los padres a las mesaz». Verbo desnudo de postales.
Pedí redistribución. Hice un llamado a las empresas que perfuman la ciudad con logos y trapos bonitos, a las empresas que ocupaban campos donde la alcaldesa rodaba bolas blancas por la mañana con sus hijos. Señalé las canchas y la risa pulida, y luego señalé las cocinas frías donde nadie esperaba a nadie. Hice sonar el número en el teléfono que siempre apareció en la palma de la regente; el mismo teléfono que cerraba tratos. Desde ese hilo pequeño, manejé a los hombres de saco y corbata: menos horas de trabajo, más pago, mayores redes de ayuda para los que no tienen nada salvo manos frías en las nochecitas. No negocié favores. Firmé en palabras que llegaron por voz y por pantalla. Cada uno obedeció... ¡Por miedo al ejército en mi boca, por la imposición práctica de una orden que no admitía indulgencias!
Llamé a directores, a presidentes de fábricas con sus Bauhaus(1) inmensos, a oficinas que olían a sulfuro. Les pedí mesas compartidas, horarios que devolvieran minutos a los niños, bonos, comedores comunes abiertos más tiempo. Les mostré los registros: Seul 12 — Santiago 15 — nombres reales, registro de personas a los que la ayuda no podían negar. A cada uno le entregué una tarea: pagar, reducir jornadas, abrir programas de cuidado, sostener a los que ya no tienen margen.
1.escuela de arquitectura, diseño y arte fundada en 1919 en Weimar (Alemania). Usado aquí como metonimia.
Me arrojé otra vez a la calle con la sensación de que había movido mundos. Me hice cargo de los nudos entre negros y blancos, blancos y asiáticos, latinos y blancos. No me limité en palabras; puse mesas en plazas, obligué a las manos a tocar la misma masa, a compartir trabajo y turnos. Desaté rencores con cuentas claras, con oportunidades repartidas, con lugares de escucha. Magia, no. Fue insistencia. Fueron papeles, contratos, horarios doblados y hombres convocados a escucharme.
Cuando terminé, la ciudad tuvo un ritmo nuevo, respiración asentada, menos huecos en las casas, menos sillas vacías; ¡Sí!... supe que todo estaría bien. Mi trabajo público terminó. Volví a casa. Crucé la calle, abrí la puerta y me senté a ordenar mi pequeño mundo: un plato, unos vasos, la esquina donde mis padres ya no gritaban ni me usaban de excusa para el «Ich bleibe hier(2)». Puse cada cosa en su lugar con las manos que habían mandado a hombres de azul, a jueces y a empresarios. Me detuve. Pregunté por mí misma si era justo todo aquello. No encontré respuesta inmediata. Guardé silencio y empecé a barrer.
2. Yo me quedo aquí.
***
Avecita del socorro, ¿por qué mueves tus alas? ¿Qué te pueden ofrecer ellas que no te pueda ofrecer yo? ¿Acaso soy menos princesa que el día que te conocí? ¿Acaso no merezco tu amor? Mira la manera (casi manera) en la que te entre mueves, como peleas por aletear. No luches contra mi oda, avecita, avecita... quédate, ¡bleib hier!
***
Las dos semanas siguientes las pasé en casa. Afuera, el mundo ya no me necesitaba: las calles se habían ordenado, los hombres de bolsillos llenos obedecían, las empresas cumplían, los vecinos se saludaban sin rencor, sin ver colores. Y yo, por primera vez en mucho tiempo, podía centrarme en mi verdadero objetivo: arreglar lo que había dentro de estas pareditas.
Me levantaba tempranito, antes que ellos, y preparaba el desayuno. No era nada extraordinario —pan tostado, huevos, jugo—, pero me aseguraba de servirlo con calma; —ese era el condimento especial que los mantenía felices—. También jugábamos a las escondidas en la sala y en el pasillo, en la terraza y entre las cortinas que se inflaban con el viento. En resumen, el tiempo había decidido retroceder y devolverles a mis padres el ánimo y la risa de cuando eran jóvenes. ¡Cuando aún no me tenían!
Los veía tomarse de la mano cuando salíamos a pasear, aunque al principio fuese torpe, como si hubieran olvidado que eso se podía hacer. Caminábamos por el parque, comíamos helados que se derretían rápido, y yo los veía sonreír con la boca manchada, incapaz de asociarlos con la pareja que se gritaba por facturas impagas o por turnos extras en el trabajo. La casa estaba llena de comida, porque me aseguré de que no les faltara nada. También inventé unas vacaciones improvisadas: días enteros en pijama, viendo películas viejas, con la ventana abierta para que el aire tibio de la tarde se mezclara con el olor a mantequilla de las palomitas.
Me abrazaban. No era un gestito seguido de despedida ansiosa, sino de esos que duran y calientan la espaldita. Ya no discutían por el dinero, ni por el estrés del trabajo, ni me dejaban sola mientras se marchaban a vidas que yo no podía ver; por un momento creí que lo había logrado.
Mas una tarde, ¡sin aviso!, empezó otra vez. ¡Una chispa!, ¡sí!, una chispa prendió en ellos y yo lo supe, ¡lo supe! Primero fue ese cruce de miradas frías —cuchillitos—, luego un reproche que se fingía broma, y después: la voz arriba, como si todo lo que habían callado esas semanas estuviera rebalsando, como si estuviera a punto de reventar. ¡Las palabras corrían!, tropezaban entre sí, se empujaban para salir, y yo, en medio, gritándoles que se callaran, que ¡pararan!, ¡que pararan ya!
No escuchaban. Algo en sus rostros me hizo entender que peleaban contra mí también, contra las órdenes que yo misma les había impuesto todas esas semanas, que aquella paz no era paz; ¡no! ... era una cárcel que yo les había fabricado con mi propia voz. Y lucharon contra ella, contra mí y se demoraban. Se demoraban en moverse porque había una guerra adentro de ellos: MATARSE u OBEDECERME.
Los seguí a la cocina, mis pies temblorosos, asustados; temían su ira, igual que temía mi voz: «no lo hagan, no lo hagan, no lo hagan». Ellos tenían la respiración de las bestias, la conducta de unos lobos hambrientos. Uno frente al otro, y yo pensaba que quizá iban a soltar los cuchillos. ¡Pero no! En un segundo, ¡sin titubeo!, metal entrando y saliendo, entrando y… y cada vez ese golpe, el jadeo, la sangre ¡caliente! desbordándose por el piso.
Me quedé ahí, con los brazos abiertos, inútiles; aun pensando que podía interponerme. Y los vi caer, casi al mismo tiempo: dos marionetitas a las que cortaron los hilitos. Y el dolor me cayó encima; un dolor que no me soltaba, que no sabía hacerlo.
...
¿Era esto? ¿Acaso me odiaban tanto que la única salida fue matarse, incluso si para hacerlo tenían que romper la última orden que les quedaba de su hija?
Y me tocó llorar... ¡Como cuando aún los tenía! Encerrada en mi pajarera, con la intención del corte profundo, con la intención de regresar y haber callado. Callado para siempre. Desde el útero... Fue mi... ¿culpa? después de todo. No... ¿Su culpa? ¿Qué ave pide ser arrojada al vuelo? No lo pedí yo, ni mi padre, ni mi madre, ni mi abuela, ni mis amigos. ¡Mis amigos! Aún tenía a mis amigos.
Y esta ave se puso sus zapatos y salió volando—¡Corriendo! — a buscar sus amigos. Esos a los que también prometí mi paz. Golpeé puertas, grité sus nombres ¡nombres que sonaban a esperanza y a consuelo! Y… y... Santiago, Seul:
—Estoy aquí. Soy su amiga. Estoy bien. Mamá y papá están muertos, pero estoy bien. Estaré bien. Fue su culpa. No tienen que... llorar, no es nuestra responsabilidad... curar aquello de lo que nunca fuimos plaga... Escuchan, ¿escuchan? —. Solo su dolor fue mi respuesta. No me miraron. No. Pero los que sí… me esquivaron pues yo era la peste alemana y no hay consuelo, ni esperanza, mucho menos amistad para la peste alemana.
Corrí de vuelta a mi mundo, mi gran obra, mi pastelito dulce para los otros niños. Mi «obra perfecta» …
Y era un vertedero. Un pandemonio abierto. Cadáveres hinchados en las calles, gritos que mordían a unos y a otros. Negros y blancos degollándose, blancos y asiáticos fusilados en plazas —¡porque sí! — y todos creían tener la razón. La policía… no, ¡bestias con uniforme! Detenían a fumadores, a bebedores, a ancianos con una botella, para «cuidarlos» … ¡Ja! Y las empresas, las putas empresas, que yo había reducido… crecieron como tumores gordos y brillantes. Una alcaldía de triple tamaño, ¡Con triple de guardias con botas marcando el suelo infértil!
Meine utopía(1) había caído.
1.Mi utopía
Y mi boca también. Podrida. Lenta. La misma corrupción que quise arrancar... ahora me apestaba desde adentro.
Aquí. Sentada en medio de una avenida desierta. Con mis manos, colgando, inútiles. Con mi lengua sin haber tomado resuello alguno... ¿Me escuchan? Está muerta y no voy a intentarlo una vez más. No quiero. No me importa quién muera ni quién viva. No me importa si todo arde, si todo se hunde. Perdí la esperanza en todo… Y lo peor… ¡lo peor es que me doy cuenta! … ¡Ustedes, lectorcitos!… tampoco la merecen.
TÚ. Con tus ojos pegados a mi desgracia como moscas a un charco. ¿Te divierte? ¿Te alimenta? ¿Quieres más? …Entonces mejor porque no vives tu vida… ¿¡por qué no me dejas con mi miseria!? ¿¡por qué no dejas de leerme!? ¡Dejas de intentar traducir mi dolor y te vas a la...
Das Ende(2) 2. El fin
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