Cuento ganador: 4to puesto para adaptación a guión de cine: concurso INMOVIL - universidad INCINE, Ecuador
- Sinapsis En llamas
- 6 may
- 13 min de lectura
MEMORIAS DESDE MI RÍO LETE
«¡Carajo! ¡Qué calor intruso de mierda!».
Ocurrió un 15 de marzo en la bulliciosa ciudad de Lima, un día donde el sol caía sobre los techos y aceras, y la intrascendencia —que se alargaría en forma de maldición por todo el resto de su vida hasta su muerte— aterrizaba frente al obrero Esteban Herrera. Agotado, así lo encontró la ból istnienia que en denotación polaca «dice mi padre» era aquel sentimiento de hallarnos otros por la mera herida de seguir vivos, seguir uno mismo. «Otra chamba, otra vida más fresca» por ejemplo: cualquier lugar que no sea su empleo, donde «lastimosamente...» se encontraba; entre su lugar de trabajo y sus pensamientos intrusivos que clamaban la fuga: «¡No puedo huir de la maldita perra industria de materiales de construcción HERNÁNDEZ!»
...
«¡Maldigo tu apellido!».
Aquel día, en particular, el polvo de cemento y las risas roncas de los obreros formaban una atmósfera pesada, una que se filtraba dentro de la cabeza del treintañero quien ascendía por una escalera de metal sosteniendo una carga de herramientas en una mano y un dolor pulsante en la cabeza con la otra. Mientras tanto su compañero, abajo, afirmaba la base.
«Qué jaqueca tan horrible, qué trabajo tan de mierda», pensó antes de sentir el equilibrio precario quebrarse al instante: la escalera tembló bajo sus pies, como si una mano invisible la hubiera empujado con furia. Esteban había caído. —¡Mierda! —. Por un momento todo pareció detenerse: las herramientas rodaron a su alrededor y el polvo se alzó en una polvareda que nubló las miradas de sus colegas... —¿Alguien?, ¿ayuda?—. Con esfuerzo, se levantó del suelo. El cuerpo magullado, las manos temblorosas y los dos orgullos heridos eran un recordatorio carnal de la deshonra. Buscó a su camarada con la mirada, esperando un gesto, una mano extendida o algunas palabras de consuelo: «lo siento Esteban, ¿te doy dinero, una indemnización?» Ya saben. Algo que confirmara que todo había sido un accidente. Lo que encontró, en cambio, fue algo mucho más desalentador: una expresión absoluta de «me importa un pepino».
—¿Qué debía hacer? —preguntó el hombre con sus cejas alzándose en una mueca de sorpresa.
—¡Sostener la escalera, maldición! —replicó Esteban con el enojo colándose entre las palabras y la sacudida del golpe resonando en sus costillas.
El otro negó con la cabeza, la confusión pintada en su rostro:
—¿Escalera? No he estado aquí contigo. Ni siquiera te conozco— y las palabras golpearon a Esteban más fuerte que la caída.
Al principio pensó que se trataba de una pequeña chanza: una de esas que sus compañeros acostumbraban para aliviar la monotonía del trabajo. No podía estar más equivocado. La expresión en el rostro de los demás no tenían rastro de mentira. Era genuina. Dolorosamente genuina.
Esteban, tambaleante, retrocedió un paso y obedeció así al mundo entero que se agitaba bajo sus pies... ¡Y el bochorno! El calor de mediodía que era asfixia de nervios, que pinchaba tal vela caliente mientras el pobre hombre se volvía hacia el resto de la obra buscando rostros familiares: alguna mirada que confirmara su existencia, algún abrazo de «compa» que lo hiciera regresar al mundo real... Caminó entre las estructuras a medio construir, entre las pilas de cemento y los andamios oxidados; nadie le hablaba ni miraba.
Los obreros, que apenas unas horas antes compartían risas y comentarios sobre el partido de la noche anterior, ahora parecían extraños que lo rodeaban sin reconocerlo. Intentó acercarse a uno, luego a otro. Cada vez era igual. Lo miraban con frialdad, con una indiferencia que le helaba la sangre.
—¡Soy Esteban! Trabajo aquí desde hace tres años. ¿No me recuerdas? —insistió, pero sus palabras cayeron al suelo de la misma forma que las herramientas dispersas tras la caída.
La certeza se instaló en su pecho igual que una mosca con patas en proceso de acicalamiento. —¿Qué? malditos cómicos, debe de ser una cojuda broma— no, no era una broma. Nadie lo recordaba. Su existencia había sido borrada de sus memorias. —Me voy a un lugar dónde se tomen la chamba más en serio, pendejitos—. Dijo sintiendo un vacío creciente en su interior. Salió tambaleándose de la obra, dejando atrás el alud de risas, gritos y los incesantes golpeteos del trabajo.
Cuando salió a tomar aire, el sol seguía brillando, como lámina de fuego, indiferente a su desaparición; mientras Lima, con su caos habitual, lo devoraba sin siquiera notarlo. No lo dejó respirar ni un chorro de aire.
Regresó inmediatamente, desesperado, cruzó los pasillos grises y asépticos de la oficina hasta llegar al despacho del jefe. La puerta estaba entreabierta, dejando escapar el murmullo constante de un ventilador. Entró sin anunciarse, con el corazón asomándose desde el pecho.
El jefe, un hombre de rostro severo y manos que parecían talladas en piedra sillar, lo miró por encima de los lentes con una mezcla de impaciencia y desinterés.
—¿Quién eres? —preguntó al percibir a Esteban como un intruso: una cucaracha que se había colado en su oficina.
—Soy Esteban Salazar y... — Esteban intentó explicarse y la voz salió temblorosa, mutilada. Habló de su puesto, de las horas interminables en el taller, del esfuerzo que ponía en cada tarea; daba igual: las palabras se perdían en el aire, evaporándose antes de llegar al entendimiento del jefe quien desviaba los ojos cada tres segundos para regresar a él de vez en cuando, pero esta vez con una mirada hueca.
—¿Y tú eras? —dijo finalmente, rendido ante aquella malabárica situación. Luego pulsó un botón en su escritorio. Los guardias llegaron rápido; sin embargo, antes de que pudieran tocar a Esteban... el mandamás se detuvo; le había dado la vuelta al hombre al distraerse con un pájaro golpeteando la ventana—. ¿Qué estaba haciendo? —murmuró para sí mismo, confundido, dejando ahí a los guardias sin una misión concreta mientras se giraba hacia su escritorio y se sumergía en sus papeles; había olvidado rotundamente todo.
Con el pecho ardiendo de ira, Esteban puso los pies en polvorosa, marcó el número de su madre una... y otra... El teléfono solo le devolvía un vacío que perforaba su cabeza. Llegó a casa con el sudor mezclándose con las lágrimas en su rostro. Golpeó la puerta con fuerza, con desesperación, hasta que su madre abrió.
—Mamá, soy yo, Esteban —dijo con voz destartalada.
Ella frunció el ceño, su rostro se llenó de incomprensión, y luego, una sonrisa de acompañamiento.
—Nunca tuve hijo —contestó, indiferente, antes de cerrar la puerta.
Esteban golpeó de nuevo, con más fuerza, hasta que la puerta volvió a abrirse; su madre lo miró con la misma expresión ausente.
—¿Quién eres?
Con el alma desgarrándose, Esteban entró corriendo a casa. Recorrió las habitaciones hasta encontrar una foto suya en la sala. La tomó tal crucifijo y la alzó frente a su madre.
—¡Soy yo, tu hijo! —gritó, desesperado.
Ella tomó la foto entre sus manos, la examinó de la misma manera en que se mira un artefacto de un tiempo olvidado.
—¿Yo tenía un hijo? —murmuró. Luego llamó a su esposo con una voz lejana; necesitaba ayuda para desentrañar aquel enigma.
El padre bajó las escaleras, con paso lento, arrastrando los zapatos. Miró a Esteban y miró a un obrero mal pagado y sucio.
—¿Y este quién es? —preguntó con voz cargada de desconcierto.
Esteban intentó explicar una vez más, pero sus palabras no revivían ningún recuerdo en ellos.
—Soy... Soy su hijo.
Sus padres rieron; lo pensaron una broma. Incluso, el padre, tras mirarlo de pies a cabeza —el joven aún traía consigo la ropa del trabajo—; agregó: «Un hijo mío jamás sería un obrero, ¡ja!», y ambos lo escoltaron hacia la puerta. La cerraron con cuidado, dejando a Esteban afuera; ahí dijo:
—Sí, lo que sea, no hay mucha diferencia con otros días no atípicos.
A partir de ese momento, todo se transformó en una pesadilla: cada persona con la que interactuaba lo olvidaba en cuanto apartaba la mirada. En los restaurantes, pedía comida que nunca llegaba, pues los meseros olvidaban su existencia al girarse. En los mercados, pagaba dos veces porque nadie recordaba que ya había saldado su cuenta. Aprendió a aferrarse a los comprobantes de pago como único testimonio de su existencia.
Descubrió que su vida se había reducido a eso: a sostener miradas directas y acumular pruebas de que alguna vez estuvo allí. Nada de eso podía llenar el abismo de soledad que creció en su interior, un hoyo que, con cada día, lo acercaba más al olvido total. Esteban vivía de conservas, refugiado en una rutina de monasterio.
Luego de horas y de mucho pensarlo, ideó un método para regresar a casa. Era sencillo: bastaba con deslizarse sin ser visto, abrir con su llave la puerta trasera y ocupar su antiguo cuarto ¡y listo!: como si nunca hubiera partido. La clave estaba en la mirada. Cada vez que sus padres apartaban los ojos de él, lo olvidaban. Por lo tanto, siempre los perdía entre habitaciones. Con el tiempo, esta incertidumbre se convirtió en la única constante de su vida.
En un día cualquiera, impulsado por la necesidad, regresó a su empleo para cobrar su salario. El encargado de los pagos lo miró extrañado: «¿Está seguro de que trabaja aquí?», preguntó. Pero Esteban tenía un as bajo la manga: su gafete, siempre visible, y los documentos que confirmaban su identidad. El supervisor también fue llamado, y ambos revisaron las hojas, los registros, las fechas. Al final, le entregaron el cheque. El proceso fue lento, agotador, pero efectivo. ¡Su nombre estaba escrito ahí!, eso bastó.
Tras recibir su pago, intentó reconectar con sus amigos. Envío mensajes, hizo llamadas. La mayoría no respondía, y los pocos que lo hicieron se limitaron a una pregunta ya cotidiana: «¿Quién eres?». Fue cuando comprendió la profundidad de su situación: «Olvidado, completamente olvidado como una puta canción pop».
Con el tiempo, intentó encontrar algún resquicio de ventaja en su condición. En el banco, cobró su cheque asegurándose de que la cajera no apartara la mirada. Si lograba que su presencia permaneciera en su retina el tiempo suficiente, todo saldría bien. Y dicho y hecho. Lo logró. «Suficiente para un mes... ¿Ahora qué?».
Cuando la constructora donde trabajaba lo despidió por «incumplimiento laboral» —nadie recordaba haberlo visto en un mes—, Esteban encontró nuevas maneras de sobrevivir. Aprendió a comer en restaurantes sin pagar. Los camareros anotaban los pedidos, entregaban la comida y, al darse vuelta, olvidaban cobrarle.
Al principio, estas pequeñas transgresiones le provocaban culpa. Pero pronto descubrió un extraño placer en su situación. Molestaba a sus vecinos ruidosos bajándoles los interruptores de luces o lanzando huevos a sus ventanas. Cada vez que alguien intentaba enfrentarlo, lo olvidaba en el acto. Esta impunidad lo llenaba de una sensación de poder, pero también de un vacío imposible de llenar. «Igual lo haré de nuevo».
Una tarde, mientras pensaba escapar de una cafetería en el centro de la ciudad, algo cambió. Una mesera, una joven llamada Eliza, lo miraba fijamente. La dirección en sus ojos era invariable; atada a Esteban. Incluso cuando él trató de comprobar si lo había olvidado, ella volvía a él, con los ojos de nuevo en su mismo espacio. Curioso, el bribón decidió pagar su café por primera vez en semanas antes de preguntarle su nombre a la encandilada mujer. «Eliza», respondió ella con naturalidad. Él, cauteloso, y escalando en confianza con una breve charla, le pidió su número de teléfono. Esa noche, Esteban reflexionó durante horas sobre cómo lograr que Eliza lo recordara. Así llegó a la conclusión de escribirle cartas; las palabras parecían ser la única forma de inmortalizar su presencia.
Tiempo después, consiguió un trabajo en una fábrica de papel, atendiendo llamadas desde casa. Aunque nadie recordaba su rostro, su voz y sus escritos quedaban grabados; eran inmunes a su condena. A la mañana siguiente, dejó una carta en el marco de la foto familiar, una de esas que siempre acababa en el fondo del basurero igual que un objeto sin valor, una huella que nadie reconocía. Pero esa vez fue diferente. Sus padres no la tiraron. Algo (hasta para las maldiciones) inexplicable los llevó a conservar tanto la carta como la imagen y, aunque seguían sin mirar la foto con atención, Esteban lo interpretó como una señal y trazó su plan: abandonar aquella casa, desaparecer del día a día, y sostener su existencia solo a través de mensajes escritos.
Lo mismo hizo con Eliza. En una hoja cuidadosamente doblada, escribió palabras cargadas de esa incertidumbre que lo envolvía. Al recibirla, Eliza guardó la carta sin saber por qué. La dobló y la escondió en un rincón secreto, como si la fragilidad de aquellas líneas ameritara una atención especial. No recordaba su rostro, pero sabía que la carta era importante. Y así, noche tras noche, las llamadas entre ellos comenzaron a trazar un puente visible, incluso casi tangible.
Durante ese tiempo, Esteban vagaba por las calles. Los vagabundos lo aceptaban con una indiferencia casi cómplice, incapaces de notar cuando llegaba o se iba. En una tarde especialmente oscura, se encontró con una vieja máquina de escribir abandonada en un callejón. La recolectó y, cuando no atendía llamadas de clientes inquietos por sus pedidos de tinta o papel, se sentaba frente a ella, golpeando las teclas con el fervor de un hombre decidido a dejar algo en el mundo. Entre párrafos también hablaba con Eliza, quien, paciente, escuchaba sus divagaciones nocturnas.
Un día, Eliza le pidió que se encontraran. Esteban dudó. La idea de estar frente a alguien que lo olvidaría al instante lo llenaba de temor, pero accedió al final del día.
En el restaurante, con una carta y unas flores en mano, la buscó con la mirada fija; quería asegurarse de que no apartara los ojos de él. Al entregarle el sobre y las rosas, la besó brevemente y, sin decir palabra, se marchó.
Eliza, confundida, intentó seguirlo. Pero Esteban, al cruzar el umbral de la puerta, hizo que Eliza olvidara a donde iba... Ella miró las flores y el sobre que sostenía, desorientada. «¿Dónde? ¿De quién??». Abrió la carta y leyó cada palabra con calma e inocencia. La guardó junto a las rosas y dejó el restaurante... «¿Esteban?».
Ese mismo día, la pareja dejó de llamarse. El silencio entre ellos se extendió a través de meses. Tiempo suficiente para que Esteban termine de escribir sus memorias, un flujo de reflexiones y confesiones que parecían buscar desesperadamente la estabilización de su existencia en el papel. «Memorias desde mi río», escribió en el primer borrador. Intentó publicarlo, pero las respuestas de las editoriales eran tan frías como impersonalmente corteses. Se volcó en la mejora de su escritura, siguiendo los consejos de sus revisores, retocando cada frase hasta alcanzar algo parecido a la perfección.
Habiendo esperado ya muchos meses, envió su obra a una editorial por correo y, unas semanas después, recibió la confirmación: «Tu libro será publicado. Necesitamos tus datos completos para la portada», le dijeron. «¡Puta madre!». Él escribió: Esteban Issac Herrera Pérez. Por primera vez, su nombre estaba destinado a permanecer.
Meses después, regresó a la casa de sus padres. Al abrir la puerta, sus padres lo miraron con extrañeza. «¿Quién eres?». Esteban tragó saliva, incapaz de articular palabra. El peso de la pregunta lo aplastaba, y la certeza de su «maldición» volvía a despedazarlo por dentro. Estaba a punto de derramar una lágrima y dar media vuelta, cuando algo lo detuvo. «Espera», dijo su madre quien retrocedió hacia el interior de la casa y, de un cajón en la cómoda de la sala, sacó una caja llena de cartas. «No sé por qué, pero siempre sentí que debíamos conservarlas», dijo el padre quien luego pidió a Esteban entrar. Esa noche, cenaron juntos... y hablaron por horas; las suficientes para mantenerlos unidos. Y, con el tiempo, Esteban se instaló nuevamente en casa y cuando su libro salió publicado, entregó una copia a sus padres, esperando que eso reforzara los lazos que apenas había comenzado a reconstruir.
Un día, intentó hacer lo mismo con Eliza, pero descubrió que ya no trabajaba donde solía. Y cuando la llamó y ella contestó: «¿Quién es? ¿Esteban?»; descubrió que lo había olvidado. Aquel mismo día en la tarde, el dolor de cabeza con el que llegó a casa fue insufrible. Sus padres lo consolaron como pudieron, pero, una vez más, tuvo que recordarles porque estaba allí: «sigo siendo su hijo»; una tarea cotidiana, incesante, que ni siquiera las palabras impresas lograban aliviar del todo. En ese eterno ciclo de presencias y olvidos, el hombre seguía luchando por existir.
Cuando Esteban recibió su primer cheque por «Las memorias desde mi río Lete» (nombre que decidió agregar gracias al mito del río Lete que hacía olvidar los recuerdos de cualquiera que se bañaba en él), no supo cómo reaccionar. Su editor, que recordaba nada del día del contrato con Esteban, lo felicitó con entusiasmo. «Sabemos que existes, Esteban,» le dijo, «y lo sabemos por tu libro». Fue cuando lo comprendió: su obra era su huella, la firma que confirmaba su existencia, incluso para él mismo. Así también lo entendieron sus padres, quienes, tras leerlo, sintieron que su hijo se hacía presente en cada palabra. Un milagro. Y, sin embargo, él se había convertido en el escritor más olvidable de su época, una paradoja viva que desconcertaba a todos sus lectores.
Nadie recordaba su rostro, pero todos hablaban de él: «el autor de Las memorias desde mi río Lete», decían. Lo reconocían en sus páginas, no en las calles. Pero cuando le pidieron firmar ejemplares en una librería atestada de sus fanáticos, la situación alcanzó el absurdo. Los lectores hacían fila con el libro en mano, y al llegar frente a él y desviarle la mirada, se preguntaban: «¿Por qué estoy aquí?». Luego, al bajar los ojos al título, la chispa del reconocimiento iluminaba sus rostros. «Tú eres Esteban Herrera Pérez», decían al fin, y él asentía, paciente.
Tras horas y horas de autógrafos y rostros desconocidos, entre la multitud se asomó alguien... Pelo negro, dientes brillantes, de baja estatura: «¿Eliza?». Era ella, mirando con ojos que lo encontraron como si lo vieran por primera vez, con esa mirada que no se apartaba, que se aferraba a los suyos con una terquedad casi milagrosa. Se acercó despacio, con una carta entre las manos. Al verla, Esteban sintió el choque de los recuerdos. Era la misma carta que había escrito una tarde lluviosa, el día en que la había conocido cara a cara. Las palabras regresaron de pronto y Eliza, con la voz quebrada por las lágrimas, le dijo: «No te olvidé, Esteban Herrera».
Rieron juntos, sus voces cantando acampanadas en el bullicio de la librería. Antes de irse, ella escribió algo en una hoja arrancada de su cuaderno. Pegó la nota en la contratapa del libro que llevaba y se lo mostró. Decía: «Cena con el escritor de Las memorias desde mi río Lete a las 7». Aquella noche cenaron juntos, y la vida de Esteban tomó un nuevo cauce.
Con el tiempo, Esteban y Eliza decidieron formar una familia. Aunque, al principio, él temía que sus hijos heredaran su extraña condición, pronto descubrió que eran inmunes a su «letenitis»—como él la llamaba—. Para ellos, su padre era inolvidable y al crecer demostraron que el amor podía desafiar incluso las leyes de la memoria. En cuanto a su esposa, Eliza, quien nunca dejó de mirarlo como si nunca lo hubiera hecho antes, se encargó de llenar su vida de ternura y persistencia.
Pero el destino, siempre impredecible, lo golpeó con su crueldad habitual. La condición que lo había hecho inolvidablemente olvidable también fue la causa de un error fatal: los médicos, absortos por su inestable presencia, olvidaron informar sobre un cáncer en etapa inicial. Y cuando su familia lo descubrió, fue demasiado tarde. Esteban; sin embargo, enfrentó la noticia con la serenidad que había cultivado durante años de vivir en soledad.
En su lecho de muerte, su familia se reunió a su alrededor. Sus hijos, su esposa y sus padres lo miraban con atención, sin desviar los ojos, como si al concentrarse pudieran retenerlo un poco más. Cuando exhaló su último aliento, su nombre, que había flotado en el aire con tanta ligereza, cobró peso; todos lo recordaban. Por sus cartas, por su obra, por todo el amor que había — de alguna u otra manera— dejado en cada uno de ellos. En cada palabra, en cada intento fallido de estar ahí; y en cada onda de consecuencia que siempre permanecería, incluso al desviar la mirada, lejos del afluente de sus ojos.
Cuando se llevaron su cuerpo, el rostro de Esteban Issac Herrera Pérez, aún seguía con ellos. En su memoria.
«Aquí vivió y escribió Issac Esteban Herrera Pérez, quien demostró que, aunque la memoria pueda fallar, el amor y las palabras son eternos».
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