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Cuento ganador del primer puesto en maestría de escritura creativa PUCP 2025 - Revista NN


LAS CASTÁLIDAS EN LA PUNTA DE LA LENGUA



«Que no nos oigas no significa que no hablemos. Que no nos hables no significa que no te escuchemos. Que no nos escribas no significa que no te leamos. Que no nos entiendas no significa que no nos dejemos entender... Que no gritemos no significa que no nos duela... Nos duele, Sir Rupert Gray, ¡nos duele! Que no pidamos auxilio no significa que no disfrutemos vivir».

 

***

 

La sangre, seca en las juntas del suelo, despedía un aroma dulzón y ácido, como moneda olvidada bajo la lengua de un cadáver; el aire, inmóvil, parecía masticado y devuelto por las paredes escamadas, que sudaban nicotina, humedad rancia y un vaho tibio que pertenecía más al encierro que al clima. La habitación, encajada entre ladrillos envejecidos de Camberwell, era poco más que un ataúd vertical: un colchón hundido, una lámpara sin pantalla y una taza astillada que aún sostenía restos de algo no identificable.

Y en medio de la fracturación de un canto nueve veces multiplicado, ahí estaba, el docto Sir Rupert Gray, un hombre cuyo nombre susurraba una grandeza cenicienta y tumbas sin marcar.

—Inútiles, viviendo vidas inútiles. Cada una de ellas. Debería ser un crimen que, con la pureza de un Shakespeare en una musa de fuego, no incendien las hojas en uno o siquiera dos libros. ¡Por eso las maté! No por ser criminal, sino por ser justiciero. Ninguna me contrarió; sabían que yo vine a liberarlas. Y eso no me convierte en asesino. No soy un asesino, no soy un asesino, no soy un asesino... Yo sé quiénes lo son y ahora... solo quiero ser heraldo, boca de su palabra.

En el hambre encarnado de su médula, ya había reclamado ocho vasos de inspiración divina y devorado sus envolturas mortales para consumir la esencia misma de su propósito. Las musas —que habían caído lejos de sus esferas celestiales tras haber reencarnado en carne frágil y oxidada— se hallaban dispersas en pistas de sangre, sesos, uñas, pelos… todo en el tapiz de su sala.

—A Clío, con polvo en el cabello y dedos manchados por archivos olvidados, la hallé cosiendo zapatos en el sótano de un zapatero en Londres, sus historias reducidas a simples remiendos de cuero. Euterpe, otrora maestra de la melodía, no tarareaba nota alguna, sus labios cerrados mientras cargaba cajas en el puerto. Thalía, que había arrancado risas desde las grietas del cielo, vendía sonrisas falsas y rosas marchitas en un callejón iluminado por luces titilantes de gas. Melpómene, reina de la tragedia, apilaba papeles como contadora de impuestos, en cada computado cálculo más sonoro que su agobio silente. Terpsícore, la bailarina, se arrodillaba rígidamente en una floristería, arreglando flores con dedos desprovistos de gracia. Erato, musa del amor, barría los pisos de un burdel donde el afecto se compraba y vendía, pero nunca nacía en el corazón. Los himnos de Polimnia estaban callados en las cámaras de una catedral, donde ahora pulía candelabros de bronce. Urania, cuyos astros habían danzado bajo su mirada, fregaba los suelos de un observatorio, negándose a levantar la vista hacia la bóveda vacía. Y ahora, en esta hora, mi sombra se alarga sobre esta pequeña habitación en el distrito de Camberwell, en Londres, donde Calíope está sentada: una matrona de las palabras reducida a un aborto mortal.

Ella, reina del verso épico, quedó postrada ante un papel más inmaculado que la misma escarcha: su mano y su pluma quedaron suspendidos como si el manantial de su verbo se hubiera coagulado; su rostro y sus labios se sellaron en algún lógico pacto conclusivo consigo misma; y su silencio, tronó más fuerte que las palabras que nunca pudo conjurar.

—¡Blasfema!, tal cual el resto de tus hermanas indignas. Deja llenar de propósito esas manos tartamudas. El verbo espera.

Rupert avanzó. Un golpe certero despertó en su paso silente. Calíope no se inmutó, no resistió ni lloró. Sus ojos, apagados de su chispa creativa, siguieron sus movimientos carentes de profundidad mientras el hombre la levantaba tal estatua, inerte y resignada...

—Siempre quise ser suyo, Musas; pero siempre abandonado, siempre ignorado... ¡Nunca entendieron mi grandeza! Mis palabras eran rocas, eran pasto de suela, no alcanzaban el corazón del mundo.

... En volandas, llevó a la mujer por las calles nervudas de Londres hasta el carruaje con el que había arribado. Y las estrellas parpadearon con un temblor de desdicha mientras cruzaba el Támesis y se dirigía a su apartamento de piedra gris en Kensington...

—¡Mi templo!, ¡mi fortaleza!, donde crecí pidiendo prestado su oído. ¿Acaso recuerdan? Lo imploré una noche de ebriedad, que se extienda la nota de mis cuerdas vocales a la sorda Inglaterra... ¿Acaso hallé respuesta? Ni un oído. Fueron inconsecuentes... ¿Escuchan? Ja, ja, ja, «fueron»: verbo en la segunda persona del plural del pretérito perfecto simple del modo indicativo del verbo ser.

...Hablaba detrás de las ventanas empañadas por la niebla. En su hogar, donde, con rostro impasible, afilaba cuchillos mientras el mundo exterior aún no había notado su gran desmoronamiento. Ahí, donde el vacío se extendía desde esta tumba de piedra gris hasta donde las musas perecían junto a la chispa de la humanidad que comenzaba su lenta e imperceptible decadencia. Ahí, donde iniciaron y terminaron los cambios. Para bien o para mal.

—Los danzantes ya no cabalgan pasos; los poetas y cantantes ya no componen versos; ya no afinan notas, mejor están si están en silencio. La ciencia y la medicina se han vendido al mejor postor; ya no crean, ya no sanan, solo sedan, pues la historia ya no avanza, ya no enseña… Ya no inspiran, ¿por qué inspirar? A los que olvidaron cuestionar la belleza… Llegó mi hora. Llegó mi hora. Yo las cuestiono, las entierro, las devoro, las experimento… Las sano y les ofrezco mi templo.

...En el lúgubre interior de la cocina, Rupert encendió el fuego. Preparó el ambiente. Incluso paró algunas veces para detenerse y mirar a Calíope, sentada en la silla más cercana; atada ahí como idea de mujer que se piensa el todo de un artista. 

En deficiencia de ceremonia, Rupert terminó conduciéndola hasta la mesa de madera desnuda. Ella obedeció sin resistencia, sin siquiera levantar los ojos. Entonces el cuchillo en las manos del sanguinario Gray relumbró un instante bajo la luz del fuego, y descendió hacia aquella carne mortal que todavía guardaba —como una brasa escondida bajo toneladas de ceniza— el último vestigio de la inspiración humana.

El acto fue brutal, rápido, de asaz precisión. Cada corte era un paso más hacia el desorden absoluto del mundo. La sangre formó cascadas oscuras que corrían por la madera y morían en el suelo. Rupert separó las partes con destreza, preparándolas con especias y hierbas que parecían insignificantes frente al significado de lo que estaba consumiendo.

Cuando el banquete comenzó, cada bocado era un arrebato de poder. Las palabras que Calíope nunca escribió parecían arder en su garganta, hospedadas en algún rincón de su mente que, hasta entonces, por un misterio privado, habían permanecido selladas en la lengua de su antigua dueña.

En cuanto a Rupert, la creatividad lo invadió cual clima incontrolable; era un caos de imágenes, melodías y versos que… ¿Acumularse sin orden?, un río desbordado que arrasaba todo a…

Al tragar el último pedazo, Rupert sentir el peso de su triunfo y el vacío simultáneo propagar… más allá de su apartamento. En ese momento, todas las palabras del mundo…

¿Volverse suyas?

—Llegó... mi... ¿Hora? ¿Palabra? —decir y preguntarse Rupert.

Las manos de los escritores… temblaron sobre páginas en blanco, las canciones; silencios, pinturas sin color. Haber robado chispa que alimentar la imaginación de la humanidad, y ahora esa chispa ser solo suya.

«Primera persona del singular en el presente simple del verbo pensar», pensó el hombre.

Rupert se reclinar en su silla, con sonrisa apenas en sus labios ensangrentados. Haber conseguido lo que otra criatura no haber logrado: inspiración absoluta.

«Preposición: «con», de función nexo subordinante, pronombre interrogativo: «qué» de función núcleo de complemento directo, verbo infinitivo: «empezar», de función núcleo verbal que actúa de predicado en una proposición subordinada; «¿con qué empezar?».

Rupert poner en acto. Hurto de las Musas. No saber por dónde empezar. Qué palabra decir primero. Perfecta. Que ser perfecta. Piensa en canciones. Notas, arpegios, melodía. Intenta, pero no. Prefiere escribir. Va a su computador. Intentar escribir. Luego para. Se mueve. Intentar bailar. Pensar: «Y si fuera más flexible. Y si no tuviera este cuerpo». Sería perfección. Cambia de idea. Ciencia. Pensar en ciencia. Qué lograr por la humanidad. Sale. Camina. Buscar universidad donde él trabajar. Imperial College de Londres.

«Lo tengo en la punta de la lengua, pero no hay palabra que exceda el lenguaje mismo en el acto estético», pensar Rupert.

Llega. Ve a todos sentados. Holgazanean. No hacen nada. Rupert habla. Cotidiano, solo cotidiano, para hablar de lo estético. Función referencial del lenguaje. Pregunta de cursos, carreras. Preguntar si entender. Función fática. Nadie entiende. Palabras caen vacías. Habla con colegas. Historia. Perdidos en pizarrones. Mente en blanco. Intentan recordar clases. Rupert insiste. Nadie lo entiende. Nadie.

Rupert caminar por los pasillos. Ve estudiantes abandonar miradas en sus cuadernos, páginas vacías. Algunos intentan escribir fórmulas, garabatos: los borran. Profesores leer libros sin comprensión. Mesas de laboratorio llenas de frascos cerrados, sin experimento alguno. Rupert observa. La ciencia parece detenida. Pregunta a un investigador qué intenta descubrir. Responde con preguntas. Rupert se ir.

Visitar teatro universitario. Actores en el escenario, parados. No recitan. Público sin aplaudir. Luego un conservatorio, arte. Pinturas inacabadas, lienzos en blanco. Artistas con pinceles detenidos en el aire. Rupert siente opresión. Camina por la ciudad. Tiendas con carteles mal escritos. Cafés sin música. Poetas sin versos. El mundo, mudo.

Se aburre. Decide usar conocimiento. Satisfacer gustos estéticos. Poesía. Escribe una palabra: «por». No le gusta. Cambiar por un «de». Tampoco. Escribir «Ausencia». Detiene. Pensar: «¿Qué es esto de palabras?» «¿Por qué no inventar mi propio lenguaje?». Intenta. Preguntarse por dónde empezar. Forma, sintaxis, conjugación.

«Gray: infinitivo del verbo ser, ¿forma base del verbo ser?, ¿ser? ¿Yo gray? ¿Él gray? ¿Nosotros gray? ¿Gray? ¿palabra? ¡Basta!... ¿Qué...? ¿Qué es eso? ¡Gray!, ¡sustantivo horrible!»—se desmorona y nada tener sentido.

Cambia idea. Novela. ¿Cómo iniciar?: «Hombre, mujer, animal, alien, universos parlantes, estrella caminante, diosas inalcanzables, hombres incapaces» piensa. Horas pasan. Muchas horas. Ideas giran. Humanos apagados. En sillones. En pupitres. Escriben listas. Sintagmas sueltos. Perdidos. Nada sucede. En la punta...

«Del lápiz»

Rupert explota por dentro. Olas creativas lo sacuden. Al final, en blanco. No vacío. Todo a la vez. No sabe dónde empezar. Comprende. Ser inspiración pura no basta. Se siente sobrepasado. Muerto. Deja de comer. Deja de beber. Cae al suelo.

«La comida no es perfecta, no está a la altura, un insulto... Mi lenguaje es un insulto, mi cerebro es un insulto... ¡Es! tercera persona singular del presente del modo indicativo del verbo... Fue».

Rupert. Se arrastrar al apartamento. Figura torcida, manos abiertas. Atrapar el aire que huir. Su piel pálida; parecer pergamino no escrito.

«No soy perfecto. Pero no soy un asesino, soy un... sustantivo, eufemismo poético para hombre herido que comete asesinato por miedo a ser olvidado».

Herramienta Lancaster de cuatro cañones. Chispa. Gatillo. Comprender el futuro desde el ¡BANG! hasta su silencio, su cabeza abierta. Madera cruje, peso, muerto. Ojos, abiertos. No ven. Último aliento. Todo. Arrebata. Devora. Dentro.

Las musas despertar. Desde cuerpo agónico, bruma, luz, se escapan. Una tras otra, niebla, brillo, liberan. Van al mundo. Calíope, última. Sale lenta... pálida, polvo, sombra casi... casi como una sombra que pone los ojos en él. Cortante. Mira. Murmura algo inaudible, con su aire vacío.

El mundo respira de nuevo y los escritores encuentran palabras.

—¿Qué es la belleza? —le pregunta Rupert a Calíope, pero la Castálida no responde. Se ha ido.

—Yo lo tuve en la punta de la lengua... En la punta de...


El fin

 
 
 

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