Cuento: Hasta que Eros nos separe
Actualizado: 29 jun

HASTA QUE EROS NOS SEPARE
Por:Roberto Chu
El gallinero era el escondite, el nicho donde los cuerpos se apilaban hasta devorarse, donde ella pensó en los trozos de piel; y yo, en el aserrín suspendido en los baldíos y en los brezos que se hacían intrusos entre más grietas, brechas de años...
Esperé para poder entrar. Esperé para sentirme un poco más valiente, un poco menos vulnerable. Lo recuerdo. Fue por la noche. Tuvo que ser la noche. Esa noche donde la marea chillaba y algo más que los vellos en la piel se erizaba en nuestra clandestinidad. En aquella tierra donde no había otros hombres. Ninguno. Ni visto ni conocido. Había solo un niño torpe a punto de perder lo adquirido hace unos minutos: la gallardía, la postura, lo impoluto en la boca, en los labios, en los dientes... en mis palabras, aquellas que ella convertía en obscenidades y que, a diferencia de su boca, nunca nacían listas, nunca dejaban marca, nunca iban acompañadas de seguridad. Porque siempre, en todo espacio y tiempo, era ella y su verdad invisible. Ella y los sellos del labio. Ella y la violencia calma; la misma que me enseñaría minutos después. Sí. Con las manos, las piernas y los senos. Esos grandes pechos.
Después.
Antes, sabía que el otro huésped del mundo oía...
Eros.
No era hombre. No era Dios. No tenía oídos. No tenía boca. No tenía cuerpo conocido o por conocer. Aún así, estaba atento a todas las superficies donde los cuerpos ahogados avanzaban en la maresía, entre pétalos de espacio, mientras escuchaban las olas salvajes al fondo: ese castigo de los olímpicos que empujó todo hacia un punto donde el mundo intentó decirse vivo y fracasó; porque allí rondaba y avanzaba la muerte de la soledad. ¡Maldita! la muerte de los rezagados del diluvio. Su acercamiento convertía el deseo de los labios en la llamada del hambre. Llamaba a la abertura de la mandíbula entera; al consumo de la carne ajena... deliciosa. No. Cuando custodiábamos el rocío solos, reconocíamos el final sin necesidad de anuncio; nos obligaba a devorarnos el uno al otro hasta esperar su llegada.
Fuimos por eso fuera del trayecto. Fuimos al paisaje reordenado hacia un rumbo que no figura en los mapas del unificador Eros. Pensé: «cuando el encuentro se cierre, el gesto del hambre se detendrá, la vida seguirá siendo vida. Será de nuevo la circulación del mundo sin saltos. Qué la madre amor lo permita».
—Nacer, crecer, reproducirse, reproducirse, reproducirse... reproducirse, Deucalión. Deucalión. Reproduzcamosnos— dijo Pirra, airosa.
Las manos, tierra de frontera, se acercaron y los cuerpos empezaron a devorarse (no carnalmente). Mi calor se lanzó a sus pechos cuando le arranqué la toga. No hubo ruido. No podía haber ruido. Por eso aparté el rostro para no mirarla a los ojos, para no gritar el «¡te deseo! ¡te amo! ¡Deseo tu cuerpo desde hace ya mucho, Pirra!». Y nuestro roce se volvió entramado de ríos, venas entrelazadas, calor sobre cuerpo. Dedos cruzándose, piel tras piel, barranco y caída. Las respiraciones encontraron acuerdo antes que la piel desnuda y, entonces, el gallinero crujió cuando ella me arrancó los taparrabos, los rasgó todos. Los declaró muralla que tenía que ser destruida. Toda mi ropa tenía que ser jirones. Ruina de tela. Quería dejar la desnudez a la vista. Como yo quería verla a ella, a ese castigo de segunda generación de mujeres (hija de la primera humana, Pandora). Ver a ese animal y flor, a esa devoradora de descendencia. Quería verla sin miedo. Y rogar a Eros que se ocupe. Aunque quedaran pocos de nosotros. Aunque fuéramos una especie en extinción. Quería escuchar un grito. Una vida apagándose para yo poder prender el cuerpo de Pirra sin miedo a matar su flama.
—Mírame, mírame—me tienta. Como la caja de los males a su madre.
—Mírame, Deucalión—mientras me agacho y le bajo la tela mínima y la desobedezco, a ella. A esa gacela sin rostro recorriendo mi cuello, mis brazos, mis hombros... cabello. El largo cabello. Torturándome. Castigando. Halando duro.
Así, con ella suplicando, la última prenda baja y deja una zona donde mi voluntad respira. Donde su humedad, su líquido es mi oxígeno y me pide sobrevivir; respirar de él.
Y aterriza mi lengua en esa carne pélvica, piel alabastrina. Me entrego a su rosa, a sus labios rojos para no ver a los superiores. Para no ver más allá del pecho. Y me entierro ahí, como animal en madriguera y ataco. Bebo de su río. Y extiendo la lengua. Unos centímetros más, sí, unos minutos más hundido. Y libero la lengua y muerdo... Y bebo el néctar... Y de nuevo, la lengua que se entierra, se ancla, se hunde en el paisaje húmedo, surca, externa el panorama del grito controlado:
—Ay, Deucalión. Ay, Deucalión... mierda. Ay, mierda— fondeo y muerdo el pétalo, el cofre de seda y vienen las manos. Los refuerzos de las manos.
Transmigro mi lengua de ese exceso de carne acumulada. Ahora es extranjera, viajante en el ombligo de una mujer telúrica. Transmigra la lengua a esas dos pecas montañosas. Muerde. Desata la sísmica en su punto erosivo. Mientras mis dedos, centímetros más al sur, en las profundidades espeleológicas, hundidos bajo los jugos de la diosa de los pechos grandes, donde danzan como las olas del diluvio en un paladar...
En las encías, en los dientes. Su... En su lengua, su carne...
...
Y es cuando lo siento.
Es el hambre que escapa al deseo del alma.
No.
Cuando arranco mis dedos y miro a sus ojos... Los ojos de Venus se han cerrado.
¡Detente!, me digo...
¡Huye!, advierto.
Pero es tarde...
Detente, Detente...
Eros ya está conmigo...
Su hambre ya reclamaba el cuerpo de mi Pirra.
¡Pirra!¡Pirra!¡Corre!
...
***
Tropiezo. Paso sigue a paso, decía mi madre. Paso sigue a paso.
Y yo seguía el paso. Después tropiezo. Después coser. Después cuerpos y suturas. Después vergüenza. Mi mamá anhelada ha cambiado de rostro...
¿Qué son esas manos, mi niño? ¿Qué son esas rodillas, mi pequeño? ¿Qué es ese rojo que vuelve contigo cuando regresas, mi Eros? Y me dabas una mano y yo volvía con otra caída. Paso sigue a paso. Eso decías. Pero yo aprendía otra cosa: como aprendí la unión de la materia. Como se enseña en el espacio de padre Caos. Donde no hay... eso que eres, madre. La unión no orgánica, no forzada en los que han cultivado materia gris. Eso que difiere a un pájaro junto a otro pájaro. Un pez junto a otro pez. Materia junto a materia. Todo gira y se mueve. Todo se junta. Todo lo menos complejo se pega más fácil. Sin brotar lo rojo. En aquel lugar donde aún no había madre. Donde no había hija. Donde no había hombre. Donde no había mujer. Todo era más fácil, mamá. Todo se unía. Todo amaba. Si siguiera así, no habría tropiezo. No sería atroz...
Sería mi cuerpo amorfo en un rincón. En una partícula. Un microbio. Un mulo. Un pájaro. Un pez. Donde nadie pregunta antes de volverse un mismo cuerpo. Las cosas sólo irían unas hacia otras. Yo también. Por eso ahora llevo estas manos que juntan cuerpos igual que quien junta átomos. Igual que quien junta barro. Igual que quien junta dos cosas caídas en la misma zanja. Porque cuando termine, la piel se acostumbrará. Esos errores amarán de mejor manera. Rotunda. Espero eso... ¿Madre? ¿Sigo siendo un error? ¿Un tropiezo?
¿Que qué llevo encima? ¿Qué es ese rojo...? ¿Qué debería decir?¿Líquido de amor?¿Qué debo decir? El pájaro respiraba. La lluvia llegaba. Los cuerpos se lavaban. Y yo seguía juntando. Un corazón con otro. Una boca con otra. Un pecho con otro. Porque creía que eso era suficiente. Porque en aquel rincón todo gira. Todo se mueve. Porque las piedras no piden amor. Porque el pájaro no pide amor. Porque el pez no pide amor. Porque la lluvia no pide amor. Los hombres son el tropiezo. Ellos tropiezan. Yo no madre. Y me miras. Yo bajo los ojos. Miro tus manos. Las mismas manos que alguna vez me acogieron. Paso sigue a paso. Decías. Y yo avanzo. Y avanzo. Y avanzo. Hasta llegar aquí. Con mis uniones. Con sus cuerpos cosidos. Con sus pequeños montones de líquido rojo. Sin saber todavía por qué algunas personas se toman de la mano cuando podrían devorar. Ser una. Amar eternamente. Y si hago eso... ¿Por qué, madre, cambias de rostro?
¿Madre?
¡Madre!
¡Perdóname!
***
Al intentar remontarse hasta el origen de todas las cosas, alguna vez, el poeta Hesíodo escribió con acierto, y con aquello que los hombres llaman razón, que Eros surgió junto a las primeras fuerzas del cosmos, nacido del Caos mismo, sin padre ni madre, anterior incluso a muchos de los dioses que después gobernarían el mundo. Y no se equivocaba. Y lo afirmo con mi pluma sin poética interpretable pues lo que continua lo amerita: Antes de los tronos, antes de las genealogías y antes de los nombres, ya existía esa fuerza capaz de acercar lo separado y permitir que cuanto estaba disperso buscara unión material, atómica e histológica en otra materia.
Siglos más tarde, Safo de Lesbos cantó una verdad distinta. Ella llamó a Eros hijo de Afrodita, mi hijo, compañero de mis deseos y ejecutor de mis designios. Lo cual también doy por hecho, y aunque la poeta carecía de las pruebas que los hombres exigen para creerlo como tal, poseía algo más raro y sí poetizable: la cercanía suficiente al misterio para reconocer una parte de él cuando se presentaba ante sus sentidos.
Durante generaciones, filósofos, abates y sacerdotes discutieron cuál de estas versiones era la verdadera. Algunos defendieron al dios primordial; otros, al niño alado que acompañaba a su madre, pero ninguno comprendió que intentaban elegir entre dos fragmentos de una misma historia no registrada.
Por ello escribo estas páginas.
Las escribo para reconciliar a Hesíodo con Safo. Las escribo para unir aquello que los hombres dividieron por ignorancia y aquello que Zeus, Ares y yo dividimos deliberadamente por conveniencia.
Lo que sigue es un relato que nunca debió llegar a manos humanas o divinas, aunque cuando esta página caiga a Gea, muy poco podrán hacer los olímpicos, pues, con mi hijo muerto, no hay forma que puedan voltear esta información como ventaja sobre mí o mi esposo. Sea así o no, cuando estas palabras sean leídas, yo ya habré descendido allí donde ni siquiera los dioses conservan autoridad sobre los muertos. Mi nombre habrá sido borrado de los altares, mis templos serán ruinas y mi voz no será más que tinta sobre este papiro.
Que así sea. Y por ello escribo esperando que me sirva de ayuda para liberar esta astilla de la memoria que, en mi juventud, clavé primero en mi primogénito, el primero de todos.
Mi pequeño, Eros.
Naciste del bostezo del padre Caos. Cuando no había tierra, ni estrellas suficientes para llenar la piel de la noche y los asteroides giraban perdidos alrededor del éter primigenio. Allí apareciste. Allí permaneciste por eones y desde allí, milenios después, viniste a Gea en tu bosquejo de abstracción pura.
Al principio, no sabía de que región provenías. Tal vez, pensé, del mismo esperma de mi progenitor Urano o de alguna grieta abierta en la materia o dentro de algún regalo de las Gracias o las Horas. Lo importante, mi pequeño, es que te encontré entre las olas de mi nacimiento, junto a un agua blanca donde flotaba tu reflejo todavía inestable cuando, incluso así, eras precioso porque siempre llevabas en tu contorno volutas de resplandor áureo como cabellos de Selene mezcladas con mármol.
Tan liso. Tan perfecto que te alcé con gloria y como mi igual. En volandas, te admiré soportando ese calor que servía para todo: para mis brazos, para las piedras, para las criaturas aún sin especie que entonces cruzaban las llanuras cuya tierra seguía organizándose alrededor nuestro. Surgían cordilleras. Se hundían costas. Y yo te llevaba conmigo... mientras nacías de nuevo junto a mí y el mundo. Y cuando mi primer corazón apareció sobre las aguas, levantaste la cabeza. Lo observaste con la concentración con la que los animales observan a sus crías. Y el corazón de mi esencia crecía, disminuía, bombeaba amor. Amor. Amor. Yo. Tú. Rojo algunas veces. Delgado como una herramienta para enlace. Redondo y pesado otras. Lo seguías con los ojos mientras las hierbas primitivas se multiplicaban alrededor de los lagos.
Entonces aprendiste a caminar. Caías. Te levantabas. Caías otra vez. Te levantaba. Mientras intentaba enseñarte mi amor...
En una ocasión intentaste atrapar el reflejo del corazón en una charca. Metiste ambos brazos artificiales en el agua y saliste cubierto de lodo brillante. Permaneciste inmóvil, examinando tus manos. Detrás de ti avanzaba lentamente tu forma original, la que nunca dejaste atrás. Esa forma cuadrada, a veces circular.
Y yo te observaba.
Después llegaron las constelaciones que hoy todos los hombres conocen y nombran. Llegaron los árboles. Llegaron las familias levantadas por corazones enlazados. Llegaron, primero, salvajes y el amor de los hijos ¡Ay Eros!, posteriormente, empezó a desarmarlos arma por arma y llegaron los pueblos. El amor, dosificado, más allá de la propia sangre azul. Llegaron las lenguas, una sobre otra, mezclándose como corrientes de agua.
Y tú seguías creciendo.
Tú seguias intentando comprender.
Me decías:
«Madre, quiero ser corazón, como tú».
«Quiero unir como lo haces, como lo hice antes, primero».
Mi Eros, mi eros...
A veces te encontraba dormido bajo los cielos más cargados de estrellas. Otras desaparecías durante siglos enteros. Volvías con tierra extranjera en los zapatos, con polen desconocido en el cabello, con algún carmesí seco y lejano impregnado en el cuerpo.
Nunca pregunté dónde habías estado.
Nunca pregunté de dónde provenía esas manchas porque bastaba verte regresar. Porque cuando regresabas traías algo a mi mundo que me hacía olvidar los detalles insignificantes: una semilla, una piedra pulida por un río, un olor marino, una palabra que nadie había pronunciado antes...
«Madre».
Oh, mi niño. Oh, mi Eros... ¿Por qué no nos quedamos con solo ese verbo de la inocencia? Del desconocimiento.
No me gusta lo carmesí en mi corazón. No me gustaba antes. Me gusta menos ahora. Cuando paso delante de la carnicería de mi esposo, tu ahora padre guerra, los corazones me observan desde dentro de los cuerpos destrozados. Enredados entre vísceras como en brochetas de cerdo... Permanecen expuestos, embarnizados, con las arterias hacia delante y lo que parece una sonrisa cosida que exhala olor a carne negra, podrida... que parece querer fastidiar. Recordar lo que pudieron haber padecido si tan solo te hubiera permitido hacerlos amar como tu creías que debía hacer el corazón.
Mi hijo, tú también exhalabas así.
Lo hiciste cuando te encontré en el pueblo donde comenzaste a unir a esas familias...
Había dos hombres, dos mujeres... dos niños...
No eran distintos de los demás. Y, sin contar las armas, no eran distintos de los de la carnicería de tu padre.
Dormían sobre una cama. Recibían comida de la diosa Gea. Recibían sol por la mañana. Recibían los apodos que los niños inventan entre latidos del corazón. Y una tarde los encontré sobre una mesa.
La aguja. El hilo. La sangre. Punto y raya. Punto y raya. La costura avanzaba entre los cuerpos blandos como un gusano reptando en una tumba. De las aberturas salían una patina de órganos, copos rojos, pequeñas tormentas negras acumuladas sobre la madera, corazones pequeños y blandos, intestinos hechos cadenas de mascotas, riñones ensamblados con una paciencia que habría servido para reparar el mundo.
Salvarlo. En aquellos tiempos no necesitamos malos dioses...
No pertenecías a ellos.
Lo sé. Llovías con esa bondad de tu madre, en ese entonces, antes de que la perdiera.
Y aunque elegiste hacer aquello, mi niño, eras bueno. Solo viste mi corazón e intentaste imitar su forma... su bombeo.
¿Fue eso un error?
Lo fue. Lo fue porque la sangre seguía cayendo. Rojo sobre marrón. rojo sobre blanco. Rojo sobre la mesa. Parecía herida abierta. Cascada roja, como si una nube hubiera decidido vivir en el interior de los hombres... de los niños.
Luego observé las bocas. Las habías modificado. Cada mujer que permanecía inclinada hacia sus esposos tenían dientes y dedos arrancados del cuerpo vecino. Así como mechones, trozos de intestinos y pequeños restos de heces parcialmente mordidos. Un ouroboros cerrado. Un par de hijos. Una familia. Dos eternos amores. Dos eternos esposos.
El sol descendía. Y con mis dos ojos observaba un más y más en el resto del pueblo... Y entre la abertura oscura entre los dos corazones, allí estabas, mi niño. Sentado frente a ellos. Esperando. Como si aquellos cuerpos, vaciados poco a poco de su relleno, fueran a decir algo. ¡Cómo si yo fuera a decir algo!
¡Atroz!¡Atroz!
Fue lo único que vino a mi lengua.
Habías tropezado y no podía levantarte.
¡Debí hacerlo!
Hijo, perdóname.
¡Perdóname!
La tierra se cubrió de los brazos del mar porque dejaron de creer. Así de simple, dicen algunos, que la lluvia primera fue apenas un berrinche, un llanto infantil, un poco húmedo sí, pero todos concuerdan que fue un berrinche; y porque todos lo dijeron, el Padre Trueno lo oyó.
Oyó los graneros vacíos de plegarias. Oyó las ventanas. Oyó las ventanas de los hogares, las ventanas de las bocas, las ventanas del sueño. Y oyó que, de nuevo, nadie las abría ya para él.
Y entonces fue mar adentro, más adentro, hasta donde el Padre de los Mares guardaba tras depósitos azules las lluvias sin fondo. Y le pidió el diluvio. Pidió liberar los mares. Y descendieron de los rebaños líquidos mares sobre techos. Mares sobre establos. Mares sobre los caminos donde los hijos jugaban con sus mascotas, con sus carretas, ¡con sus padres!
Mar y sangre. Sangre sobre los montes. Mares sobre las torres. Sangre sobre los puentes.
Y las ciudades comenzaron a borrarse como dibujos hechos con sal sobre el cristal de mi venta. Ventanas que quedaron ciegas con toda la tierra navegando hacia ninguna parte. Sin amor, sin vida.
¡Atroz!
Y él sabía. El Padre Trueno sabía que no sería suficiente. Porque siempre queda una semilla en el barro. Siempre quedan dos peces en el agua después de todo fin.
Deucalión y, la hija de Epimeteo y Pandora, Pirra; ellos dos y sus vocecitas que aún se llamaban con ardiente fuego en los labios. Y él lo sabía. Sabía que el único que podría alcanzar a los amantes, que podía encontrar a aquellas dos brasas flotando entre los restos del mundo, era mi Eros.
Mi pequeño desastre. Mi arquero. Mi enfermedad de alas.
Mucho antes, opté por dejarte junto al padre tiempo quien, en ese entonces, era nuestro prisionero y se llamaba a sí mismo Cronos. Y junto a ese nombre te encerramos tras puertas de piedra, bajo montañas sin caminos visibles para cualquier mortal o Dios... Cuídalo, déjalo donde no alcance los corazones. Cuídalo, déjalo, entre las ruedas inmóviles de tu cargo, dijimos, al menos tu padre y yo lo pedimos, y pensamos que ese era el fin. El más digno para ti, pequeño...
Error. Porque Zeus, siempre Zeus, luego de su purga líquida, te liberó y te utilizó como un perro que olisquea el rastro de la presa para su cazador. Fuiste así por ciudades, por establos, por costas y por grutas nocturnas; por colinas, por cuerpos que aún se arrastraban sobre techos cubiertos de vida y por sótanos donde las parejas conservaban un poco de calor; por todos aquellos lugares donde el amor se confunde con la fiebre y donde los hombres terminan llamando destino a aquello que sólo es abandono y capricho del dios trueno. Y yo fui siguiendo tu rastro hasta llegar a ellos: los últimos en su especie. La hija de Pandora y el joven Deucalion.
Los vi entonces, porque desde la altura resultaban inconfundibles: dos puntos rojos, una raya de humo suspendida sobre el horizonte junto con dos gotas de latidos sostenidas por un masaje al sexo mientras el mundo entero todavía goteaba sangre alrededor suyo. Y ya estabas allí, trabajando con esa paciencia inquietante de un juguetero, pequeño niño, pequeño atroz, reunías aquello que el diluvio había separado y preparabas nuevamente la larga hambruna que siempre viene después de las catástrofes: los cuerpos, el placer, las lenguas, el llamado al consumo; las misma carnicería que una y otra vez vuelve a abrirse sobre tus manos. Y no. No podía permitirlo. No entonces, no mientras la tierra aún escurría muerte por todas sus esquinas y los mares todavía recordaban el lugar que habían ocupado sobre los continentes. Por eso descendí. Bajé hasta donde te encontrabas y te hallé inclinado sobre ellos... Temblabas de miedo, quizás de ansias por demostrarme que podías hacerlo esta vez bien; no sabría decirlo... Pero repetías: «Esta vez sí, madre, esta vez sí...». Y yo... ¡No quería saberlo! ¡No podía arriesgar la vida de esos dos corazones puros porque unos segundo más y sería muy tarde para el bombeo. Y sólo recuerdo. Recuerdo que te tomé entre las manos y que, mientras te observaba, te pensé más inocente, más compacto... Primero te hiciste más pequeño que un pájaro, después más pequeño que mi puño y más pequeño todavía que una gota. Hasta que ya no te hallé círcular. Hasta que ya no hallé en esa forma cuadrada. Hasta que te tuve como una semilla tibia entre mis dedos.
Perdóname, mi niño. Perdóname, mi Eros por no ocultarte de nuevo. Pero bendita me llamarías ahora por no alcanzarte a una prisión, porque toda prisión termina por resquebrajarse y porque ni Cronos, ni Zeus, ni los hombres han sabido conservar intacto aquello que desean retener. Así que, mi niño, te guardé en otro lugar. Te sembré en mí. Te hundí bajo mis costillas, en la cámara de mi vientre, en tu nueva cuna. Dentro de mí. Bajo mi corazón. Donde siempre puedas saber como lato. Yo. Yo. Yo. Allí te dejé, donde ninguna mano pudiera encontrarte y donde sólo alcanzaran hasta ti las palabras mías y las del Padre guerra, quien se ofreció a llamarte hijo.
Y desde entonces escuchas. Escuchas la sangre mientras atraviesa sus corredores invisibles; escuchas el mar antiguo, que todavía recuerda los nombres de las costas desaparecidas; escuchas también la lluvia que continúa cayendo en alguna parte, aunque los hombres crean que ha terminado. Y mientras escuchas, creces muy despacio, como crecen las raíces bajo una montaña o como regresan los poemas cuando todos creen que se han ido. Por eso, si llega el día en que vuelvas a nacer, y si realmente vuelves, deseo que tus manos no recuerden las agujas con las que atravesabas a los mortales, que tu boca no recuerde la carencia que otros confundieron con amor y que tu nombre conserve únicamente la parte que florece, la única parte que merecía sobrevivir en la tierra. La misma que sobrevivió en Deucalión y Pirra.
Y tú, niño nacido al comienzo de todo, todavía sé que levantas la cabeza cuando mi corazón asciende. Todavía sigues su recorrido. Todavía dejas que una parte de ella caiga sobre nosotros. Una cantidad pequeña. Como leche vertida en tu corazón partido.
Y si alguna vez lo recuerdas entero, circular o cuadrado...
Hijo, perdóname. Y espera. No, vuelvas a tropezar, detente. Y recuerda como late mi corazón realmente.
Te amo. Te amo. Te amo,
Eros.
***
Todavía hoy no sé si huía de él o de aquello que imaginaba que lo había poseído.
—¿Y la pradera empapada?
Y la hierba empapada.
—¿Y las cosas que ves a través de la hierba empapada?
Y las cosas que veo a través de la hierba empapada.
—¿Y las cosas que permanecen delante de la hierba empapada?
Y las cosas que permanecen delante de la hierba empapada donde detrás venías Deucalión.
Yo creía que querías alcanzarme para devorarme (no idílicamente). Creía que tus boca era demasiado grande para un beso, que tus pasos atravesaban la tierra con demasiada efervescencia, que Eros te empujaba hacia mí desde el tiempo en que las aguas todavía no cubrían los caminos. Por eso seguí corriendo mientras las gotas se acumulaban en mi cabello y mientras el mundo entero parecía arrinconado a esa llanura húmeda y a tu figura desnuda acercándose.
Hasta que llegó un momento en que ya no pude seguir huyéndote. Me detuve.
—¿Y fui un niño frente a ti?
Fuiste un hombre frente a mí.
—Hay aún cosas que no puedes tocar aunque estén frente a ti.
Te equivocas, Deucalión. Hay otras cosas que puedo tocar porque están frente a mí.
—¿Y entonces viste al hombre realmente?
Entonces levanté la vista. Miré tus ojos. Y tu rostro había cambiado. No vi carencia. No vi una boca demasiado abierta. No vi la sombra de un cazador. No vi entrega absoluta, circular y cuadrada.
—¿Fueron las cosas que no dijimos?
Las cosas que no dijimos, las que llevaban mucho tiempo buscando una salida...
Mi madre quiso ser un ruiseñor. Así me lo contó una vez. Conservó durante años una manera extraña de mirar la tarde, como si desde algún árbol continuara escuchando una canción comenzada mucho antes de abrir la caja de los males. Aquella tarde me acordé de ella porque en tus ojos ocurría algo semejante. Había males moviéndose bajo el agua. Pero también había esperanzas todavía encendidas en la habitación profunda detras de tus ojos. Inocente. Tierna. Había una voz intentando llegar hasta tu voz.
—¿Y entonces viste al hombre?
Ábrete hasta mí, te dije.
Léete por fin hasta mí.
—Me leería por fin hasta ti. Pero tengo miedo de hacerte daño. No soy más que un niño.
Mi castigo es demasiado profundo, encajado, respondió el silencio que caminaba entre los dos mientras mi pie avanzaba. Y cuando llegué a ti, me recibiste igual que la madre que recibe la luz que encuentra en el fondo de la caja después de buscar durante años. Me abriste como quien abre un volumen largamente esperado. Tus ojos pasaron alrededor de mí cerrándose sobre una historia que por fin encuentra a su lector correcto. Y, entre nosotros, quedaron las velas lunares, la hierba húmeda, el agua retirándose lentamente del mundo... Las velas permanecieron encendidas un instante... Después la luna las apagó.
—¿Y las cosas que estaban lejos?
¿Qué importa las cosas que están lejos?
—¿Y las cosas que están cerca?
Las cosas que están cerca ni Zeus puede separarlas.
Apoyé la cabeza sobre tu pecho y escuché aquello que guardabas sin pronunciar. Escuché los días que habían atravesado el diluvio. Escuché las piedras húmedas. Escuché los nombres que todavía no habían sido dichos. Entonces te pedí que abrieras por completo ese caja que llevabas dentro, que dejaras salir aquello que había sobrevivido a las aguas y que seguía aguardando bajo tu lengua.
Y abriste la boca. Y dijiste mi nombre. Primero una vez. Luego otra. Y después como quien por fin llega a la orilla que estuvo buscando...
—¿Y las cosas que te digo?
Y las cosas que me dices...
—Pirra, ¡Pirra! ¡Te amo! ¡Te amo!
Y Deucalión, tú y yo, aquella misma noche, repoblamos la tierra con más vientos y más olas que el mismo diluvio.
El fin
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