Cuento ganador: 4to puesto, Juegos florales interuniversitarios, Perú...
- Sinapsis En llamas
- 6 may
- 9 min de lectura
UN SATURNO ENAMORADO
Comenzó a tomar forma frente a una puerta inmensa de marfil. Al acercar su mano (o prototipo de ella) al picaporte, empezó a percibirla, a verla, a construir la sinapsis que habría de permitirle sentir y tocar... cuando lo hizo, la manilla envejeció bajo el roce de aquellos dedos recientes: alargados y enjutos. Bastó un leve impulso de esa carne para que la puerta cediera y el metal, como piel arrugada, se deshiciera en fragmentos sobre el suelo enmoquetado. El intruso avanzó sobre esa superficie blanda y, bajo sus pasos, la trama se iba rindiendo, aplastada, opaca allí donde apoyaba el peso, como si cada pisada dejara al descubierto una edad que el tejido no había tenido hasta ese momento.
Y, con una retina aún inmadura, observó el daño que había dejado. —Lo siento, siento—repitió la disculpa al notar el suelo, ahora, cubierto de restos brillantes y huellas de siglos; —Destructor, malo yo— las paredes del pasillo permanecían intactas en su forma general, aunque los materiales comenzaban a ceder bajo su paso.
Permaneció un instante inmóvil, como si esperara detener su influencia en la degradación del entorno... No lo logró. De resultas, continuó avanzando.
Lento. Así cruzó el pasadizo porque lento respiraba el corredor al ritmo de sus pasos... —Cuidado— con cuidado hizo vibrar los floreros mientras las paredes adornadas observaban: un Degas, un Monet, un Cassatt. Él siguió su camino frente a ellos, llevándose todo: la pintura, el marco, la belleza; el acto de los ojos se había convertido en otra manera de devorar. —Bella, bella— murmuró, y el aire envejeció con él: lo que alguna vez pudo ser llamado arte ahora eran sobras del tiempo.
Consciente, se apartó de la pared para no llevarse consigo las pocas imágenes que colgaban en ella. Así Saturno (o la sombra de lo que fue) avanzó hacia el dormitorio. Sus pies, más nervios que carne, iban trazando en el suelo un mapa de tiempo, borrando el dibujo del mosaico hasta alcanzar el límite de la cocina. Al acercarse a la mesa, el color retrocedió y las flores se doblaron y murieron.
—Comer— dijo, y la palabra cayó en forma de noción aún por entenderse. —Doler—y el sonido pareció temblar, abrir una herida en su lengua...—Seguir, seguir—pero no lo suficientemente grande para detenerlo; tomó una botella de vino dulce de una estantería, bebió uno, dos, tres sorbos y dejó que el líquido ardiera por un instante dentro de su ¿boca?. Volteó y vio la cama: vacía; el baño igual. Pasó a la habitación siguiente. Allí lo esperaban figuras pequeñas de animales de felpa en un lecho pequeño: un gato, un elefante, una tropa de aves que nunca respirarían. —Je…— imitó una risa robada de alguna otra experiencia con algún otro ser humano. Tocó al gato, luego al elefante. Quiso sentir el pulso de la materia, el ritmo del movimiento, la suavidad del vivir. Pero nada se movió. Todo quedó inmóvil, endurecido bajo su tacto.
—Je, je, je—y salió de la habitación. Vio una puerta rosada y aceleró el paso como nunca antes. El tiempo voló: el día pasó a noche en unos segundos los pájaros dieron un viaje a velocidad sónica hacia su norte e inclusive dio tiempo suficiente a la figura para pensar en las repercusiones que este simple acto habría de desatar en el orden de las cosas, pero él solo quiso correr pues reconoció el color. Entró y el tiempo se detuvo.
Era una mujer pegada a la cama de aquel cuarto pálido. Su pelo castaño. Su contextura delgada. Alta incluso en esa cama regia ornamentada por tubos de acero que se asemejaban en estética a los de un órgano de iglesia barroca. Saturnino se detuvo de nuevo. Se ensimismó en su lugar esperando algún movimiento... Y Siguió esperando... ¿Se burlaba de la concepción ajena del tiempo, era inocentemente idiota o se había vuelto loco? Quizás la segunda, pues entro en cuenta de que debía comenzar a moverse si quería el movimiento del tiempo.
Ahí la mujer se agitó de molestia enferma en sus sábanas. Su rostro se dejó ver y su visitante se detuvo y todos los hombres y mujeres con él; pues solo quería mirar su nariz alzada, sus labios rosados, sus cejas pronunciadas, su cuello largo.
—Hola —repitió la presencia, probando tonos; era un reflejo de palabra que antes no tenía valor semántico. —Hola —quizás los probó todos, pues solo quería presentarse y ver qué respondía, verla en movimiento... E hizo lo impensable: él retrocedió y ella, de regreso a su posición de reposo. Con su pelo castaño, con su contextura delgada... Estuvo así durante unas horas. Se desplazaba en un recorrido irregular, casi inmóvil, hasta que dio un paso en sentido contrario y comenzó a caminar hacia atrás. Con él, retrocedieron las estrellas y la luna y, en consecuencia, los pájaros y el ruido de la tarde. No comprendió el principio ni el fin. No entendió las pastillas que la mujer había tomado antes de acostarse ni el llanto que llenaba la habitación de animales de peluche. A pesar de ello, lo que alguna vez fue un dios completo disponía de todo el tiempo del mundo.
—Sus ayeres— pasó por ellos unas semanas, quizás meses. Vivió esa odisea inversa viendo a la mujer desatar una cadena de patrones y hábitos continuos sin mutilaciones temporales; y con ello, todo el mundo se volvió una sola escena... un día que comenzaba con la cama y el vómito alcohólico y que terminaba con la visita a un terreno baldío y una tumba. Y entre los intersticios, teníamos una mujer malhablada que desatendía todas las normas de calma social: un día de compras, comidas lujosas y sexo. Confusión, intereses y violencia entre los intermedios también violentos.
Y como una grabadora, el pequeño Saturno comenzó a repetir los diálogos que otros decían: «Eres sexy», «eres divina». Una y otra vez, la presencia espía, en su cronoquinesis1, hacía eco: «Te quiero hacer feliz», «¿te hago feliz?», «¿pago la cuenta?». Entre esas frases, esta última, por alguna razón que no comprendía, tornaba la mueca de la mujer en sonrisa mientras viajaba desde un carro elegante rojo hasta uno azul. Se limitaba el admirador en tomar su tiempo para verla hablar, moverse, besar... ¡comer! La veía con uno y con otro en el almuerzo, en la cena; —Comida, duele si no hay — verlos comer despertaba la adquirida necesidad alimenticia en el curioso ente.
1.Habilidad de manipular las leyes del tiempo.
De un día a otro, tras el acto de comparación diaria de hombres que entraban y salían de la vida de su monomaníaca obsesión, enderezó su espalda. Su rostro adquirió el aspecto de una joven figura, masculina, de lentes, pelo negro, que aparecía en una foto sobre la mesita de noche de la mujer y de la cual ella siempre se despedía.
«Eirene» era su nombre. Lo escuchó unos cientos de veces en ese paseo inverso... Lo escuchó hasta comprender y decir con inocencia de un niño aprendiendo una nueva mala palabra:
—Te llamas Eirene.
Y cuando cruzaba sus ojos con ella, se erguía, levantaba los hombros; imitaba a otros hombres que pasaban cerca de su camino cronológicamente previo... Cada intento lo volvía más firme, más humano, menos intocable. Incluso su columna indócil se había destorcido:
—Hombre, yo, hombre erguido.
Años pasaron. Y aunque no hubo forma en que un humano lo supiera; él lo sabía. Lo sabía porque medía el tiempo con los ojos de su Eirene, lo medía por el modo en que ella miraba al mundo, lo medía por su pelo, por su sonrisa más frecuente, casi diaria. Era la distancia más tangible de su versión futura. Ella y su sonrisa atemporal producto de cuna recién comprada y de sus caricias a una barriga no tan pequeña, rechoncha. Aquella que vino de la compañía de aquel hombre del cual Saturnino había tomado prestado el rostro. —Mujer, hombre, sonrientes— de esta manera recordó el cronoquinético ser cuando esto había cambiado. Lo recordó y viajó semanas después para comprobar su teoría.
—¿Accidente? — la palabra se repitió mucho en aquella semana. Fueron días en que la mujer debió permanecer en la cama de un hospital. Días en los que era llevada de una sala a otra, días en los que lloraba y en los que no sonreía ni una sola vez. La presencia vio aquellos momentos exactos de una manera que un ser humano llamaría frívola; para él solo era un intento de comprensión. Paseó por ese lapso un centenar de veces, tratando de entender por qué ella lloraba al despertar, al salir de la cama desesperada, al abrazar a aquel hombre de la foto en su mesita de noche. Trataba de entender qué es una lágrima. Se preguntaba: —¿Qué ser peor? ¿caída? ¿viaje al hospital? ¿O extracción de tejido humano de su barriga abierta? — intentó comprender sin lograrlo.
Una de esas noches, tocó, en su forma más pura y nerviosa, el hombro de su amada. La sintió por primera vez; y la marchitó hasta casi matarla. De no ser porque era un tiempo pretérito (ya consumido y ajeno a las leyes de lo que llamamos existencia o realidad) ella habría muerto. La presencia lo sabía. Sabía también que ella estaría bien: no se le permitía cambiar lo que ya fue. Y desde ese punto, volvió el tiempo a su normalidad. Acompañándola. Mirándola. Cada minuto, cada hora. Para ella, esos siglos imperceptibles se tradujeron en unos cinco años.
Años en los que Saturnino la vio llorar, golpear al hombre de la foto, tomar alcohol y consumir aquel elixir que alguna vez había disfrutado, y que ahora, encontraba amargo. La vio estar sola y acompañada, cavar una tumba pequeña y enterrar dentro una ecografía. La vio alejar a todos de su vida: a su esposo, a su padre, a su madre, a sus hermanos y sobrinos. Luego el bacanal más reciente: el de sus últimos días. Aquel que entendió como una clemencia al tiempo.
«El tiempo lo cura todo», no era la primera vez que la escuchaba o la veía en ese estado, pero ahora comprendía mejor.
—El tiempo cura todas las heridas —recordó que se lo dijo una mujer joven, quizás hermana de Eirene. La siguió observando, día tras día, hasta que la vio fingir una sonrisa: un acto de valentía. Con ello, empezó todo de nuevo. Regresó todo de nuevo, hasta lo que llamaríamos presente.
Comenzó a tomar forma frente a una puerta inmensa de marfil. Dio un leve empujón que bastó para abrir la puerta y acelerar el rumbo de la oxidación... Caminó por el pasillo. Hasta el cuarto. Ella no despertaba.
«¿Habrá sido algo que hizo el día anterior?, ¿habrán sido las pastillas?», se preguntaba con ese cerebro primitivo que le había costado siglos desarrollar. Pasaron horas, dos (quizás), las suficientes para que la mujer se convierta en un gemelo pesaroso de sí misma... el suficiente para que alguien entre en cuenta de la puerta carcomida por el tiempo. Luego ese alguien entró; y Saturnino se ocultó en el guardarropa del dormitorio. —Hermosa —le dijo en susurro de burbuja antes de que la nueva visitante, intrusa, vecina de Eirene, se acercara y la llevara al hospital.
Esa noche, Eirene despertó en una cama cómoda, en un tiempo que ya no era suyo. Su mirada —una mezcla de enojo y melancolía— parecía buscar en el horizonte, en la pared fría de la sala de emergencias: la curvatura de una sonrisa perdida en los años. Saturnino, a su lado, la observó en silencio; como si mirara a través de esos ojos caoba y descendiera a sus ayeres.
Mientras más retrocedía, más clara llegaba la imagen: una muchacha en los parques de 1968, riendo con una alegría inenarrable, bailando en un salón iluminado por lámparas que nadie recuerda. Igual que pasos, risas y un primer beso. Ninguno volvería. Ni siquiera él —testigo y partícipe— podía devolverle lo que el tiempo, con su rigor geométrico, había sustraído. Sin entender del todo, sintió nostalgia... porque había visto el mapa entero de su vida, había sufrido sus caminos con ella y, al final, había descubierto que terminaban en el mismo punto: la imposibilidad.
—El tiempo cruel, yo cruel, lo siento, lo siento, hermosa, hermosa — hubiera querido llorar, al menos lo intentó. Intento no fingir el llanto, sino llorar; no recordar un instante, sino volver a vivirlo, sabiendo que eso —precisamente— es lo único que jamás le sería dado.
En una tarde del 21 de agosto de 1998, a las 4:00 p. m., segundo 36, se acercaron los labios de Saturno a la frente de la que alguna vez fue su reina Eirene, a quien llamó «mi reloj» por primera vez, y le dio un beso en la sien. En breve, la mujer se oxidó en una calma que susurraba dicha, mientras habría de recordar la noche en que soñó con amamantar a su futuro primogénito, sueño en el que pensó con acierto, pues en su ingenio, ya ahora perdido, sabía que ese mundo no lo podía tocar ni el tiempo.
Él miró el rostro ajeno, demacrado, aún vivo. Y al minuto siguiente, con una sonrisa de aquellas que hacía años no expresaba, ella murió.
—Amo, amo, la—y Saturnino, solo en ese instante, en ese preciso segundo, entendió que solo quería amar.
El fin
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